Max
Me dirijo a la puerta al escuchar que los golpes no cesan. No tengo ganas de hablar con nadie, a menos que sea Emma, pero ella no quiere hablar conmigo.
Arrastrando mis pasos, abro la puerta. Fabricio me recibe con una dura expresión, con los brazos cruzados.
—¿Y tú qué? ¿Piensas faltar a los entrenamientos toda la semana? ¿Ya te bañaste siquiera?
Le doy la espalda.
—Oye, Max, no puedes seguir así, fingiendo que nada está pasando.
—No estoy fingiendo nada —murmuro, volviendo al sofá—. Si no quieres que caiga al piso al primer golpe que me den en el ring, déjame en paz, al menos hoy.
Se detiene frente a mí con la misma expresión de antes.
—Sé que piensas que todo se fue al carajo, pero solo es una chica, Max. ¿Por qué crees amarla tanto?
Me levanto abruptamente al escuchar la forma en la que se refiere a ella.
—Cuida tus palabras, Fabricio —mascullo—. No hables como si todo el mundo fuera como ella. No la conoces; no hables con tanta seguridad.
—Bien, lo siento —sus hombros se relajan—. Pero no puedes pausar tu vida por ella. Tienes toda una exitosa carrera por delante, Max. ¿Piensas renunciar?
—Lo único que ahora me importa es solucionar las cosas con Emma. Yo veré qué hago con el resto —vuelvo a sentarme.
—Nos vamos en tres semanas, no lo olvides —da un paso atrás—. Te espero mañana en el gimnasio. Báñate y come algo.
Fabricio se aleja sin más.
Le marco a Emma una vez más con la esperanza de que conteste, aunque sea para insultarme, pero rechaza la llamada. Ha venido haciendo lo mismo los últimos cuatro días: he ido a buscarla, pero no está, o se encierra en su cuarto y se niega a abrir la puerta.
***
Me centro en el leve brillo que la puerta color marrón provoca cuando la luz de los focos del pasillo choca con ella.
Aunque Sofía me dijo por el celular que Emma no estaba, no le creo. Sé que está aquí.
Mi pecho sube y baja con ímpetu. Hace dos horas habría dicho que era por el entrenamiento, pero ahora afirmo que es por ella. Necesito verla.
Doy un paso atrás cuando la puerta empieza a abrirse.
¡Es ella!
Unos ojos azules se posan sobre mí, mirándome con sorpresa y un poco de confusión.
No es ella.
—Max —me dice Sofía—. ¿Desde qué hora estás aquí? Emma no está, ya te lo había dicho.
—Pero ya es muy tarde —frunzo el ceño, preocupado—. ¿En dónde está?
—Con Daniel, en su casa. En unos días empiezan exámenes y les gusta repasar juntos. Hoy terminarán muy tarde y prefirió quedarse con él. Yo traté de arreglar un poco su cuarto —señala la puerta con el pulgar.
¿Entonces cuándo la veré?
Suelto mi maletín al piso.
—¿Qué hago, Sofía?
—Max —me dice con aflicción—, no lo sé. Emma no te odia. Tampoco es que no quiera volverte a ver nunca; es que… ella está muy dolida. Y el problema no es que le hayas ocultado que te irás, es el mero hecho de que lo harás, y no sabe qué hacer con respecto a eso.
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El arte de apreciar
Romance(Primer libro de la bilogía "Artes") Todos sus problemas se esfuman al ver el cielo.
