Emma
Nunca he querido que el tiempo se congele tanto como ahora.
Sentados en el piso, Max suelta un suspiro que resuena en la oscura habitación mientras apoya su cabeza sobre la mía, ambos recargados contra la cama.
Mirar mi estante de libros, pegado a la pared frente a nosotros, es lo único que hacemos. Quiero decir algo para que deje de pensar, para que deje de doler, pero no encuentro palabras que duelan menos.
Alcanzo su mano sobre el piso y la acerco a mi pecho.
—Nunca olvides que incluso mi soledad te amó —susurro.
Su mano se desliza por mis hombros para acercarme hasta poder besar mi cabeza y retenerme junto a él.
—No tengas miedo, yo te amo —subo mis manos a sus mejillas húmedas—. Aunque tengamos que separarnos ahora, eso no cambiará. —acerco mi rostro al suyo—. Te amo, Max —beso sus labios antes de abrazarlo por los hombros—. Siempre vivirás en mí.
—Eres mi más preciada historia —menciona—. Si fueras un libro, no te abandonaría en mi estantería. Te leería, Emma, una, otra y otra vez, hasta el día en que mis ojos se cierren para no volver a abrirse.
Lo aprieto en mis brazos al percibir los toques en la puerta. Es la señal de Daniel de que Max debe irse.
—¿De verdad no quieres… que nos comuniquemos de alguna forma? —murmura sin soltarme.
—No es cuestión de querer. Es lo mejor para ambos, Max. A ninguno le haría bien aferrarse al celular esperando una llamada que no sabemos cuándo llegará o si llegará.
—No sé si pueda prometer eso.
Me separo para mirarlo.
—No lo prometas, inténtalo —le dedico una pequeña sonrisa antes de besar su frente.
—Voy a extrañarte mucho.
Ambos nos reflejamos en las lágrimas del otro.
Sujeto sus manos.
—Yo también te extrañaré, siempre. No sé dónde estaría sin ti aquí —esbozo una sonrisa melancólica—. Creo… que yo te necesitaba más.
—Ya no te necesito, te quiero —sus dedos acarician mi rostro mojado.
—Y por eso estaremos bien —le aseguro—. Porque, aunque no nos necesitemos más, en nosotros siempre habrá algo que querrá al otro, sin importar qué. Podemos vivir con el amor, pero no con la necesidad.
Asiente, acercándome a su rostro.
—Volveremos a encontrarnos, Emma —habla con firmeza.
Asiento con una pequeña sonrisa, conteniendo las lágrimas.
—No le tengas miedo a la vida. Eres una mujer de alas, no de jaulas. No tengas miedo a volar. Sé valiente y no te detengas. No importa cuántas veces tengas que empezar; hazlo, nunca te conformes con la infelicidad.
No voy a dejar de tenerle miedo a los cambios, pero no dejaré que ese miedo intente asfixiarme todos los días.
Tomo sus labios con los míos, intentando hacer eternos sus besos.
—¿Estás listo? —aprieto su mano.
—No, pero lo haré.
Ambos nos ponemos de pie dentro de esas cuatro paredes que nos protegen del dolor que nos espera afuera.
Tomados de la mano, recorremos el camino hasta la puerta que nos lleva al frío de la calle. Mi corazón se enloquece con cada paso que damos. Una efímera tranquilidad me invade al no ver indicios de la camioneta.
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El arte de apreciar
Romance(Primer libro de la bilogía "Artes") Todos sus problemas se esfuman al ver el cielo.
