Capítulo 17: Ours

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Emma

Amo la tranquilidad, lo lento, lo incomprensible, lo diferente, lo efímero, lo único, lo pequeño, lo imperceptible, también lo intenso, lo que hace explotar el alma, lo real. Pero cuando experimento todo al mismo tiempo, es un lío que asusta.

No necesito aprender a estar sola, necesito aprender a estar acompañada, pero le tengo miedo a un dolor que no había experimentado… o bueno, hasta ahora. Siempre me han dado miedo los cambios, y Max vino a poner mi mundo patas arriba. Pero eso no es lo malo; lo malo es que no supe controlarlo. Lo lastimé y me lastimé al hacerlo.

—¿En qué piensas?

Volteo al escuchar la voz de Daniel.

—¿Y esos ojos de dos litros de lágrimas derramadas? —añade.

—Son de cuatro litros.

—Al menos tienes ganas de bromear —se coloca a mi lado—. ¿Qué pasó? —pasa un brazo sobre mis hombros.

—Nada —me encojo de hombros, abrazándolo por el torso.

—¿Así llamas al señor boxeador ahora?

—No tengo ganas de hablar de eso, Daniel.

—Nunca tendrás ganas. Dime.

—Ya no entiendo lo que siento —susurro.

—Te gusta —eso no suena como una pregunta—. Y eso te asusta —deduce—. ¿Por qué?

—Porque, ¿qué pasará cuando eso se acabe? Cuando deje de gustarle y busque a alguien más, cuando mis inseguridades sean más grandes que su paciencia, cuando se canse de mí, cuando me lastime, o cuando yo lo haga… ¿qué pasará?

—No lo sé, y tú tampoco lo sabes. ¿Por qué no lo averiguas? Puede que no pase nada de lo que dices.

—Sí pasará.

—Entonces solo acepta que lo que está hecho para romperse, se romperá. No puedes saberlo, Grace —me dice con una sonrisa—. Ya sabes cómo es tu cabeza; intentará engañarte cada vez que se sienta amenazada. No le hagas caso a tus pensamientos.

—Ya lo hice, Daniel. No puedo jugar con él, alejarlo por mis miedos y pedirle que vuelva cuando se me pase. Anoche temí que pasara lo peor, estaba borracho y molesto, y con toda razón. Seguramente me odia; él lo dijo: lo logré, ya no quiere estar conmigo.

—Él te perdonará si le dices lo que sientes. Ambos pondrán de su parte, Emma.

—Pero… —suspiro sin encontrar un buen argumento—. Ya empecé, ya retrocedí…

—Si retrocedes un paso, avanzas tres; si retrocedes tres, avanzas cinco. Es siempre así, Emma, para adelante.

—Lo sé, pero ahora no quiere saber nada de mí.

—Y si fuese diferente, ¿qué harías? —me pregunta Daniel acariciando mi hombro.

—…lo que él siempre quiso, lo que debí hacer desde un principio: arriesgarme —respondo.

—Te quiero, Grace —me dice Daniel—, pero debo decir que no has actuado muy bien. Lo quieres, él te quiere; si deseas que lo de ustedes funcione, inténtalo. Pero ve hasta el final, y si no estás dispuesta a hacerlo, entonces ni siquiera lo pienses.

Asiento.

Miro a dos chicos bastante curiosos entrar al diner. Me sienta como me sienta, debo trabajar.

—Voy a atender a esos clientes —le digo a Daniel antes de alejarme del mostrador—. Hola —les digo con una sonrisa amable—, ¿qué les puedo servir?

El arte de apreciarHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora