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Era una mañana tranquila en la base, y Erina jugaba en su habitación, explorando su caja de colores nuevos y creando coloridos dibujos. Shigaraki, en cambio, estaba en la sala principal, revisando algunos documentos. Todo estaba en calma hasta que un grito agudo interrumpió el silencio.
—¡Papá! —llamó Erina, su voz sonando entre el eco de las paredes.
Shigaraki frunció el ceño al escuchar el tono asustado de su hija. Dejó lo que estaba haciendo y se apresuró a la habitación de Erina. Al entrar, la encontró con las manos en la boca, los ojos grandes como platos.
—¿Qué sucede, Erina? —preguntó, acercándose rápidamente a ella.
—¡Se me cayó un diente! —exclamó, señalando su boca con una expresión mezcla de sorpresa y miedo. —¡No quiero quedarme sin dientes!
Shigaraki se agachó a su altura, tratando de calmarla. —Es normal que se te caigan los dientes de leche, princesa. Todos los niños pasan por eso. Pronto te crecerán dientes nuevos y más fuertes.
Erina parecía un poco más tranquila, pero aún miraba su reflejo en un pequeño espejo que tenía en su mesa. —Pero… no quiero que se me caigan más. ¿Y si no crecen nunca?
—No te preocupes. Así funciona, y todos tus dientes volverán a salir. De hecho, ¡eso significa que estás creciendo! —dijo Shigaraki, sonriendo para mostrarle que todo iba a estar bien.
En ese momento, Kurogiri entró en la habitación con un aire de calma y una leve sonrisa. —Tomura, creo que deberías contarle a Erina sobre el hada de los dientes.
Shigaraki se giró hacia Kurogiri, confuso. —¿El hada de los dientes?
Kurogiri asintió, con una expresión de seriedad. —Sí. Cuando un niño pierde un diente, se dice que debe ponerlo debajo de la almohada para que el hada de los dientes lo recoja y, a cambio, le deja un poco de dinero.
Erina miró a Kurogiri con curiosidad, su miedo reemplazado por asombro. —¿De verdad? ¡¿Hay un hada de los dientes?!
—Sí —confirmó Kurogiri—. A todos los niños les gusta creer que hay un hada que viene por los dientes y deja algo a cambio. Es una tradición muy común.
Shigaraki, aunque escéptico sobre la idea, vio cómo la emoción comenzaba a llenar los ojos de su hija. —Está bien, Erina. Si quieres, puedes poner tu diente debajo de la almohada esta noche, y tal vez el hada de los dientes venga a visitarte.
Erina sonrió, un brillo de emoción iluminando su rostro. —¡Voy a hacerlo! ¿Cuánto me dejará?
Kurogiri pensó por un momento. —Eso depende, pero podrías dejarle un mensaje pidiéndole lo que deseas.
Shigaraki asintió, sorprendido por la emoción que podía generar una simple historia. —¿Y qué le pedirías al hada, Erina?
La pequeña se quedó en silencio, pensando. —¡Quiero un montón de lápices de colores!