ISAGI
Conduje sin prisas por la carretera. El cielo mutaba de naranja a morado, y luego a un azul profundo que anunciaba la noche. Saqué la mano por la ventanilla y dejé que la brisa me acariciara los dedos, como si pudiera empujarme hacia algo nuevo.
No lo sabía entonces, pero esa sería la última noche en la que estaría realmente solo.
La sensación de libertad corría por mi cuerpo. Era electrizante.
Sentía que al fin el mundo ya no pesaba más sobre mis hombros.
Me encantaba la sensación de no tener que dar explicaciones.
Por fin era dueño de mi mismo.
El silencio ya no me pesaba, me pertenecía.
Hasta que mi tranquilidad se vió perturbada por un llamada. Sin frenar desvié mi vista hasta el tablero para averiguar de quien se trataba. El nombre apareció en la pantalla digital y, seguido de un exasperante suspiro, atendí.
—No me vas a convencer mamá, no te diré —dije casi en un grito antes de que ella pudiera formular una sola palabra.
—¿Por qué no me avisaste que te ibas a mudar? —reclamó la mujer.
—Porque no quise. Esa es razón suficiente —respondí. Quería que supiera que ya estaba molesto.
—¡Es que no puedes tomar esas decisiones tú solo Isagi! —protestó—. Somos tus padres y queremos saber que vives bien —insistió.
Su voz estaba llena de rabia, la cual me hacía sentir que tenía una soga atada al cuello cada que la escuchaba. Su voz inquieta y aguda me asfixiaba.
Mamá había visitado mi antiguo departamento días antes, dónde intentó entrar con una copia de mi llave que sacó sin permiso. Quería tener acceso incluso cuando no se lo permitieran. Hizo lo que creía necesario solo "por si acaso".
Al entrar y darse cuenta de lo solitario que se encontraba el departamento pegó el grito en el cielo. Bajó furiosa hasta la recepción y a gritos exigió respuestas. El encargado la abordó con mucha paciencia y le hizo saber que yo había desalojado el inmueble horas antes. Al enterarse, enloqueció. Casi pude predecir su reacción, pues le estaba quitando algo que ella cuidaba con devoción. Le estaba quitando el control.
—Mamá —la interrumpí—. Ya tengo 28 años, mi sueldo mensual es casi equivalente al valor de tu auto y acabo de construir mi propia casa ¡Por supuesto que vivo bien! —grité. No quise hacerlo pero la ira me consumía como el fuego.
Para ella era muy difícil soltar. Era aprensiva, manipuladora. Quería tener el control y luchaba constantemente por tener la razón. Por un tiempo traté de entenderla. Yo era su único hijo y ella sentía que me estaba perdiendo.
Después de alejar a papá se aferró tanto a mí que terminó provocando la misma reacción.
—Pues, aún si tuvieras cincuenta yo sigo siendo tu madre y merezco explicaciones, no me va....
—No —la interrumpí con una voz grave y firme.
Su manipulación terminaba aquí.
Finalicé la llamada después de un toque desesperado en la pantalla. Mi respiración se había acelerado y solo podía sentir la ira hirviendo por mi cuerpo, como si un volcán ardiera dentro de mi y fuera a hacer erupción en segundos.
No la odiaba. Solía ser una mujer tranquila y amorosa. Era un ama de casa dedicada: en las pascuas decoraba huevos de chocolate para mí, en halloween me confeccionaba ella misma los disfraces con sus propias manos y en navidad organizaba la cena más grande del año. Siempre fue una mujer perfeccionista y exigente, pero desde que papá se fue, todo cambió. El control dejó de ser una costumbre y se volvió una necesidad.No soportaba no tenerlo.
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NUESTRA OSCURIDAD
RomanceIsagi llegó al vecindario con un solo objetivo: privacidad. Oliver no buscaba enamorarse de alguien como él. Pero lo hizo. Y lo deseó de una forma que no supo controlar. Lo que no sabe es que Isagi guarda un secreto. Uno que no puede decir. Uno que...
