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ISAGI


Agitado, fascinado y desorientado.

Derrotado entre las penumbras de la habitación, con la luz del atardecer colándose por la ventana como un ladrón.

Mi cuerpo, quieto e incrédulo, yacía tendido sobre el sofá. Cansado y excitado. Confundido y desordenado. Mi corazón inquieto latía y se desvanecía al mismo tiempo.

Y el recuerdo—insistente e implacable—de los labios de Oliver sobre los míos. Se habían quedado grabados como un tatuaje. Ni siquiera el estúpido golpe se había sentido tanto como ese beso furioso y descontrolado.

Tumbado ahí, mientras la adrenalina se disipaba poco a poco, reviví cada detalle de lo que acababa de suceder. Desde nuestros roces casuales hasta ese pequeño agarre de meñiques que se había vuelto tan nuestro. Solo recordarlo me hacía sonreír como un idiota.

Nuestras charlas regresaban a mí como mariposas flotando en el aire: ligeras, hermosas. Las bromas, las confesiones... Todo había encajado. Todo encajó desde el inicio. Y cuando Oliver se atrevió a dar el primer paso, por más fingido que pareciera, no se sintió falso.

El impacto de sus labios temblorosos sobre los míos, urgentes por salvarme de los impulsos de Chris, fue un detonante. Oliver me besó con miedo, sí, pero también con decisión. Como si el calor del momento hubiera sido solo un pretexto para hacer lo que realmente deseaba.

Si él podía dejar a un lado su miedo y su inseguridad, yo podía dejar atrás mi pasado.

No había espacio para la duda: Oliver me deseaba tanto como yo a él, y eso me descarriló.

Vi una fisura en sus muros y la tomé. Entré como un caballo sin riendas.

Aunque quizá eso lo asustó un poco. Salió huyendo justo cuando estaba a punto de probarlo.

Por supuesto que no iba a forzarlo. Avancé todo lo que Oliver y su cuerpo me permitieron, pero aún quedaba un candado más por romper.

Ya con el aliento recuperado, el cuerpo apagado y la respiración más estable, me puse de pie. Aún me esperaba una cena familiar.

La noche se había instalado sin pedir permiso, y el clima se había tornado helado, como si el viento, de pronto furioso, se vengara con navajas de hielo.

Me enfundé en una sudadera y, antes de cruzar el umbral, eché un vistazo a mi celular, ese aparato que había olvidado por casi dos días.

Unas cuantas notificaciones del trabajo. Un par de mensajes de Scarlett, anunciando que las aguas estaban tranquilas. Y ahí, al final del listado, su nombre.

Oli_Bianchi.

Su usuario de Instagram. Me había comenzado a seguir hacía apenas unas horas.

Mi corazón dio un salto, entre la emoción y el pánico.

Primero, porque Oliver se había tomado el tiempo de buscarme... y me había encontrado.
Segundo, porque no tenía sentido seguir a alguien que no ha publicado nada en tres años. Desde Lidya y aquella noche catastrófica, yo había desaparecido del mapa. Pero ahí estaba él: Oliver, en su versión más pura, más inocente, más real. Su vida, su sarcasmo, su belleza estaban retratados en cada una de sus fotos.

Su perfil era un reflejo perfecto de sí mismo. Ver sus publicaciones era como volver a verlo. Tan Oliver.

Salí de casa sin despegar la mirada de la pantalla, caminando con calma.

Lo que me sorprendió fue descubrir que alguien como él no tuviera amigos, pero sí casi veinte mil seguidores. La cifra me descolocó.
¿Cómo era posible?

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