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ISAGI

Oliver me había aceptado.
A pesar de todo, de todos, de mis silencios y mis sombras, él me veía. Me tenía paciencia. Me entendía.

Me aceptó con mis misterios, con mis secretos, más allá de los estándares y los estereotipos. Más allá de su pasado, de sus dudas, de todo lo que alguna vez creyó.

Me dejó acercarme. Me dejó tocarlo. Sentirlo.
Probarlo.

La satisfacción que me provocó tenerlo ahí, desbordado de placer, entregado, dejándose satisfacer, es algo que no puedo poner en palabras.

Todo aquello parecía sacado de un cuento.
Tan irreal que me llenaba de terror.

¿De verdad podía ser así de fácil?

¿En serio podía dejarme llevar, rendirme, entregarlo todo?

Ver a Oliver ahí, desnudo en mi cama, con las sábanas apenas cubriéndolo, me hizo sentir el ser más afortunado del mundo. Y también, por primera vez en mucho tiempo, me llenó de esperanza.

Dormía boca abajo. Su espalda al descubierto. Una pierna doblada a un lado. Respiraba con tanta paz que si lo hubiera despertado, me habría sentido terrible.

Lo dejé dormir.
Además, quería admirarlo un rato más.
Ahí, quieto, sereno, completamente mío.

Después llegó Carlo, y tuve que mantener la cordura. Actuar con prudencia.
Había prometido mantener mi relación en secreto, y lo cumplí.

Mi relación.

Hacía tanto tiempo que no tenía algo siquiera parecido a una, que llamarlo así me resultaba extraño. Extraño, pero hermoso.
Que este sentimiento me perteneciera de nuevo era desconcertante.

Lidya se había encargado de hacer mi vida imposible.

Si tan solo pudiera, de alguna forma, deshacerme de ella…

No.

Aparté esos pensamientos de mi mente. Yo no era esa clase de persona.

Ya no.

Pasaron cuatro semanas.
Cuatro semanas en las que el mundo siguió girando como si nada, mientras el mío encontraba una pausa —pequeña, secreta y, por primera vez, llena de algo parecido a paz.

No sabría explicar cómo sucedió. Solo sé que, de pronto, los días empezaron a tener otro ritmo.
Un ritmo marcado por sus pasos entrando en mi cocina a las seis y veinte de la mañana, por el sonido de una bolsa de papel, por el olor a pan caliente y café recién hecho.

Oliver llegaba siempre puntual. A veces con el cabello húmedo, otras con sueño en los ojos, pero siempre con ese gesto de quien cuida sin alardear. Me dejaba el desayuno sobre la mesa, se aseguraba de que lo probara y luego se ponía a trabajar.
Sus papás no hacían preguntas. Para ellos, simplemente estaba ayudando a un "amigo". Yo les agradaba a los Bianchi, y eso era una gran ventaja.

Oliver me cuidaba, a pesar de todo. A pesar de sus miedos, de sus inseguridades, se tomaba el tiempo de verme y estar pendiente de mí. Yo no sabía cómo agradecerle algo así... entonces empecé a dejarle una rosa.

Cuando nadie miraba, me acercaba al rosal y cortaba una, sin importar pincharme con las espinas ni quedar lleno de rasguños por la prisa. La escondía entre sus herramientas antes de que se marchara. Nunca dijimos nada sobre eso. Él la encontraba, la guardaba, y seguía con su jornada como si no fuera gran cosa. Pero yo sabía que sí lo era. Y era feliz con eso.

Nadie podía saberlo. Pero cada gesto era un código secreto. Una forma de decirnos: aquí estoy. Te veo. Me importas.

Nos veíamos cuando podíamos, nos tocábamos cuando nadie miraba.

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