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OLIVER

El domingo por la mañana, papá decidió comenzar a trabajar en el jardín de Isagi. Como de costumbre, me ofrecí a ayudarlo. Nos levantamos temprano para hacer unas compras y, antes de salir, pasé por la cocina. Bajé dos pequeños contenedores de la estantería más alta y los llené con un poco de pasta y filete que había sobrado de la noche anterior. Luego los acomodé en una pequeña canasta, y con todo listo, me dispuse a salir.

Papá ya estaba poniendo en marcha la camioneta y se preparaba para sacarla.

—Voy a la esquina pa, no tardo —avisé y él respondió con un sutil —ajá

Caminé con mi canasta a la esquina de la calle, desde donde podía ver la entrada a la casa de Isagi.

Sonreí con nerviosismo al ver la fila de mujeres frente a su casa. Todas llevaban cazuelas y sartenes cubiertos con trapos de cocina y canastas llenas de panes o frutas.
Bajé la mirada a mi pequeña canasta y luego la volví hacia ellas. Me sentí ridículo. Cómo un completo idiota.

Isagi abrió la puerta y las recibió con la misma sonrisa amable con la que había saludado a mi familia la noche anterior.

¿Y yo qué estaba haciendo ahí? ¿Por qué me había tomado la molestia de prepararle comida? Ni siquiera me caía tan bien. Pero ahí estaba, con dos porciones de pasta en una canasta, como si eso significara algo.

Me incomodó sentirme tan fuera de lugar. No era especial. Mi familia no era especial solo por haberlo invitado primero. Eso no nos daba ninguna ventaja y él solo estaba siendo educado, nada más.

Sin pensarlo, oculté la canasta detrás de mi espalda y me giré en silencio. Papá ya me esperaba afuera. Subí al asiento del copiloto y dejé la canasta en el asiento trasero, sin saber muy bien por qué me sentía tan decepcionado.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó desviando la vista de su celular.

—El almuerzo —respondí, atravesando el cinturón de seguridad sobre mi cuerpo—. Vámonos.

Papá no preguntó nada al respecto sobre mi visita a la esquina de la calle y se dedicó a conducir.

De regreso fuimos directo a la casa de Isagi.

Al aparcar tomó su pequeña caja de herramientas y bajó del auto conmigo siguiéndolo por detrás.
Llamamos a la puerta e Isagi abrió de inmediato, sonriente y amable, como siempre.

—Buenos días, hijo —saludó mi papá.

—Buenos días, no los esperaba —dijo, tratando de ocultar su sorpresa.

—Lo supuse —rió papá—. Nadie trabaja en fin de semana pero, me gustaría tomar medidas de tu jardín para comenzar el boceto lo antes posible y empezar a trabajar.

Isagi asintió, dejándonos pasar.

El interior de su casa era precioso. Lo primero que vimos al entrar fue la sala: tres sillones de diferentes tamaños en color beige, colocados frente al enorme ventanal donde lo habíamos visto por primera vez... cuando allanamos su casa.

A la izquierda se encontraba la cocina. Era pequeña, pero bastante funcional. Tenía un fregadero, estanterías de madera y una larga ventana horizontal. Había una barra que parecía estar cubierta de mármol —o algo parecido, aunque seguramente muy costoso— y frente a ella, entre la barra y los sillones, una mesa redonda, ahora llena de sartenes y canastas: los mismos que las señoras del vecindario habían traído esa mañana.

Aparté la vista, sintiendo vergüenza

Isagi nos guío al patio, intercambió un par de palabras más con papá y por suerte para mí, volvió adentro, dejándonos comenzar con el trabajo.

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