ISAGI
No tenía miedo, al menos ya no de perder a Oliver. Lo que sí me asustaba era lo que vendría después: no la situación en sí, sino cómo se sentiría él tras cargar un trauma de ese tamaño.
Yo, más que nadie, sabía lo que era sostener entre los dedos una vida que se desvanecía. Conocía de memoria el dolor, el peso del sufrimiento, la culpa que te acompaña como una sombra. No quería que Oliver llevara eso sobre los hombros. No quería ese destino para él.
Adrián Montrose llegó a la estación casi al mismo tiempo que la familia Bianchi. Nuestro abogado cruzó la sala con paso firme, mientras yo veía desde lejos cómo un oficial intentaba explicarles lo ocurrido a Carlo y Olivia.
Me hubiera gustado levantarme y correr hacia ellos, darles una explicación antes de que la incertidumbre los destrozara, pero no podía hacerlo. No aún. Primero debía resolver cómo hablar de Lidya, cómo dar sentido a su presencia en mi vida y proteger a Oliver al mismo tiempo.
Me acomodaron en una oficina acristalada, con un escritorio en medio. Desde allí podía ver a los Bianchi al otro lado del vidrio. El corazón se me apachurró. ¿Qué estarían pensando? En poco tiempo se habían convertido en mi segunda familia. Durante la semana en que no los visité ni acepté sus invitaciones a cenar, Olivia se había tomado el tiempo de llevarme algún aperitivo por las mañanas, deseándome un buen día con esa calidez tan suya.
Siempre usé la misma excusa:
—El trabajo está pesado en esta temporada, pero pronto voy a cenar con ustedes, lo prometo… es más, yo invito.
Ella sonreía, aunque las preguntas le picaban en la lengua. Mi repentina lejanía los había desconcertado.
Y ahora… ahora la verdad había salido a la luz. Ellos sabían todo. Y en sus rostros, en las arrugas crispadas de preocupación, podía leerse una decepción que me dolía más que cualquier herida.
Pasó más de una hora antes de que la agente entrara a interrogarme. Minutos antes me habían hecho preguntas de rutina; ya había dado parte de mi declaración junto con Scarlett, allá en mi patio, cuando sacaron el cuerpo de Lidya.
—¿Cuál era su relación con la occisa? —preguntó la agente después de presentarse y sentarse frente a mí, encendiendo la grabadora.
—Ella… —tragué saliva, odiaba reconocerlo—. Era mi ex prometida.
Romanof tomó nota sin levantar la vista.
—Y si ya habían terminado el compromiso… ¿qué hacía en su casa?
Jalé aire, incliné el cuerpo un poco hacia adelante y me miré los dedos.
—Voy a contarle toda la verdad, así no tendrá que hacerme tantas preguntas —dije, echando un vistazo rápido a mi abogado, quien se encontraba también presente. Ambos asíntieron, estando de acuerdo.
—Bien —respondió ella, con firmeza—. Adelante.
Apoyó los brazos en el escritorio y me observó con atención.
—Pues… —analicé con rapidez, no podía decir la verdad, pero tenía que sonar convincente—. Nosotros no terminamos bien. El día de la boda descubrí que me engañaba y rompí el compromiso. Ella se enfureció, porque realmente quería casarse, y me juró que volvería a vengarse. Nunca lo tomé en serio, pensé que solo era un arranque. Pero hace poco se enteró de que yo tenía una nueva pareja, y eso… al parecer, la hizo perder el control. Y pasó esto. —Mi voz tembló al final, porque lo único real en mis palabras era el terror de haber puesto a Oliver en peligro.
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NUESTRA OSCURIDAD
RomansaIsagi llegó al vecindario con un solo objetivo: privacidad. Oliver no buscaba enamorarse de alguien como él. Pero lo hizo. Y lo deseó de una forma que no supo controlar. Lo que no sabe es que Isagi guarda un secreto. Uno que no puede decir. Uno que...
