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OLIVER

Tenía dieciocho recién cumplidos cuando conocí a Beatriz, la primera noche que Chiara nos llevó al Vigna Blu para celebrar que, por fin, éramos adultos de verdad y no unos adolescentes que bebían vino a escondidas bajo las enredaderas de la casa Bianchi.

Apenas habían pasado dos años desde lo de Liam. Sus palabras seguían frescas y bien ancladas en mi mente. Todavía las pensaba a diario, todavía me maldecía por haber sido tan idiota.

Por supuesto que estaba vulnerable. Yo siempre lo estaba, lamentablemente. Y Beatriz estaba ahí, bebiendo como si la vida fuera perfecta y jodidamente fácil.

Y yo volví a caer. Volví a cumplir con el estereotipo, a dejarme arrastrar por la condena que me habían impuesto: la del chico que se comporta como un hombrecito, aunque por dentro esté hecho pedazos.

Se convirtió en una rutina, en un bucle. Siempre terminábamos igual: en el auto de Beatriz, bajo los faroles titilantes de algún callejón de Santo maldito Stefano Belbo, sudorosos, agitados, con promesas falsas y palabras sucias. A ella le encantaban. A mí me hacían sentir menos idiota.

Eso, tal vez, era lo que la familia Bianchi esperaba de mí. Que fuera un idiota, sí, pero uno hetero.

Porque claro, era mejor que me vieran borracho, revolcándome con una chica, que permitir siquiera la sospecha de algo distinto. Mejor que el chisme corriera hasta los tíos y las tías, hasta los abuelos, hasta todos esos Bianchi que han criado generaciones de jardineros como si cultivaran esculturas vivientes, perfectas, siempre en orden. Que se aseguraran bien de que yo era un hombrecito hecho y derecho.

Porque yo solo tenía dieciséis cuando los escuché, una noche, hablando ebrios en el patio trasero. Rogaban a Dios para que a Chiara “se le quitara lo bisexual”. Decían que la amaban, sí, pero que jamás podrían llevarla al altar si decidía casarse con una mujer. Que sería una vergüenza. Una pena.

Y en ese maldito instante, lo entendí. Entendí que tenía que callarme para siempre.

Primero fue Liam gritándome en la cara que le daba asco. Y dos meses después, mi familia diciendo que con Chiara ya tenían suficiente, que otro “desalineado” más no podrían soportarlo. Que rezarían para que su “condición” mejorara.

¡Joder! ¡Estábamos en pleno siglo XXI! Su Dios, su altar, sus reglas... todo eso podía irse al carajo. ¿No?

Porque así me sentí cuando conocí a Isagi. Cuando lo deseé. Cuando me enamoré. Sentí que podía mandar todo al carajo de una buena y maldita vez. Cada vez que lo tenía cerca, cuando su respiración chocaba con la mía —contra mi cuello, mi abdomen, mis muslos—, me sentía invencible. Creía que juntos podríamos romper los estereotipos, destruirlos uno por uno, y ser libres. Que por fin, yo podría ser libre.

Pero bastaba con abrir los ojos para darme cuenta de que no era tan simple. Que el mundo no era tan indulgente. Y que yo era un cobarde en toda la extensión de la palabra. Un cobarde incapaz de enfrentar a los demás y decirles quién era en realidad.

Por eso, cuando Beatriz me besó sin previo aviso frente a todos, no pude enfadarme con ella. Porque, al final del día, no era su culpa. Ella no tenía ni puta idea de quién era yo en realidad. Ni de quién era Isagi para mí.

Intenté explicarme. Porque, claro, habría sido raro —y peligroso— que justo la primera vez que traía a un “amigo” conmigo, ya no quisiera follármela en su coche como siempre. Los rumores correrían. Y yo estaría en riesgo.

Le dije que ella no era el problema. Bueno, que no había ningún problema en realidad. Le confesé —a mi manera— que había conocido a alguien, que tenía pareja, que ya no podíamos seguir con lo nuestro. Que todo el pueblo sabía lo que habíamos hecho durante años, y que no pensaba seguir ocultándome de la misma forma.

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