ISAGI
¿Cómo podía seguir respirando después de verlo así?
Lo estaba destruyendo. Yo lo estaba destruyendo. Y como si no fuera suficiente con verlo hecho pedazos, tomé cada uno de sus fragmentos y los pulvericé. ¿Cómo podía seguir llamándome humano después de eso? ¿Cómo podía siquiera creer que tenía derecho a seguir respirando?
Yo también quería aferrarme. Yo también quería corresponder y mandar todo al demonio. Quise volver sobre mis pasos y decirle toda la verdad, escupirla sin reservas… pero la amenaza de Lidya golpeaba una y otra vez, como un eco cruel que no me dejaba respirar. Ese maldito recordatorio de que ahora ella tenía el control de mi vida… y de la de Oliver.
Las punzadas en el pecho se volvieron taladros, obligándome a alejarme lo más rápido que pude.
No podía seguir respirando su aroma. No podía seguir sintiendo su presencia anclada en cada rincón de mi piel.
Solté un par de excusas torpes y me alejé de la casa Bianchi casi a la carrera. ¿Qué más podía hacer, si ya no me quedaba nada?
Mi madre decidió irse, regalándome un último día de privacidad. Un día que apenas pude empezar a saborear… antes de que se interrumpiera. Lidya lo tenía todo —y a todos— bajo su mira.
Ella entró como si fuera la dueña de la casa, mientras mi cuerpo, aún adolorido, reposaba sin ánimos sobre el sillón.
Cuando la escuché llegar, ni siquiera me moví; no tenía un solo gramo de fuerzas. La única razón por la que seguía en pie era Oliver. Porque si yo caía, él también lo haría.
Las llaves chocaron con fuerza y el repiqueteo de sus tacones contra el suelo me taladró los oídos.
Se acercó con paso seguro y se detuvo frente a mí, erguida, con esa elegancia arrogante que le era tan natural. Se pasó el cabello detrás de las orejas y se inclinó apenas para analizar mi rostro. De mí, solo obtuvo una mirada cargada de odio. Ella, en respuesta, sonrió, como si se sintiera cautivada por eso.
—¿No salió bien, verdad? —preguntó con ese tono endemoniadamente venenoso que la caracterizaba.
—¿Cómo algo así iba a salir bien?
Aparté la mirada, apretando la mandíbula y los puños, conteniendo el impulso de abalanzarme sobre ella y terminar con todo de una vez.
Soltó una risa tan burlona que me provocó una sensación enferma en el estómago.
—Entonces fue todo un éxito. Cuéntame, ¿qué pasó? ¿Te maldijo? O mejor aún… ¿te rogó?
Lo estaba disfrutando. Cada palabra suya rebosaba un éxtasis morboso por saber que yo había sufrido. Lo gozaba de verdad.
Bajé la mirada. No iba a admitir nada, no podía hacerlo.
No podía contarle lo que Oliver había hecho; eso solo lo pondría en más peligro. Yo tenía que protegerlo.
—¿Tengo razón? —insistió.
—No —espeté—. Ni siquiera lo vi, no salió de su habitación.
Y eso era cierto. De no ser por Olivia, ni siquiera lo habría visto.
Ella soltó otra risa, exageradamente cínica, y se acercó con brusquedad.
Apoyó una mano sobre el respaldo del sillón, junto a mi cabeza, y se inclinó tanto que pude sentir su aliento toxico mezclándose con el mío.
—No me mientas.
Negué de inmediato. No había forma de que supiera la verdad. Oliver tenía las cortinas cerradas; no podía habernos visto.
—Estoy diciendo la verdad —repetí, con un tono más firme.
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NUESTRA OSCURIDAD
RomansaIsagi llegó al vecindario con un solo objetivo: privacidad. Oliver no buscaba enamorarse de alguien como él. Pero lo hizo. Y lo deseó de una forma que no supo controlar. Lo que no sabe es que Isagi guarda un secreto. Uno que no puede decir. Uno que...
