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OLIVER

No era la primera vez. Llevábamos al menos cuatro días con esa rutina: Liam pasaba por mí, me llevaba a cenar o a algún bar, y yo terminaba borracho, volviendo a casa a hurtadillas como un ladrón.

Pero esa noche era distinta. Esa noche estaba mucho más ebrio; el mundo me daba vueltas y mis palabras eran apenas un revoltijo de sonidos.

Saqué la cabeza por la ventanilla, mirando las estrellas que se desdibujaban con el movimiento. El viento me sacudía el cabello mientras el aire fresco se colaba en mis pulmones como una falsa promesa de libertad.

El humo del cigarro se desvanecía con cada ráfaga, llevándose —o al menos eso quería creer— todo lo que quedaba de Isagi en mí.

Liam conducía con el ceño fruncido y los nudillos blancos sobre el volante, como si temiera que algo terminara mal. Yo, en cambio, me reía de él, aferrándome a mi euforia como si fuera lo único que me mantenía de pie.

—¿Cómo puedo dejarte así en tu casa? ¡Qué vergüenza, Oliver! ¿Qué van a pensar tus padres? Me pidieron que te cuidara, ¿con qué cara nos vamos a aparecer ahí?

Me reí de nuevo y grité hacia el vacío de la carretera:

—¡A nadie le importa, Liam! ¡Todos deben estar dormidos a estas horas! ¡No importa, nada importa, soy libre! —balbuceé.

Unas carcajadas desbordadas acompañaron mis gritos eufóricos, como si de verdad hubiera conseguido mi libertad completa.

Cuando aparcamos en silencio frente a mi casa, Liam me ayudó a bajar, sujetándome por la cintura para que pudiera apoyar un brazo sobre él y no acabar de bruces en el suelo.

El frío de la noche me caló hasta los huesos y las náuseas se agitaron en mi estómago, pero nada de eso me importaba. El mareo, el desorden en mis pasos y en mis palabras… todo se mezclaba en una sensación extraña de paz y felicidad que me tenía completamente drogado.

Liam me arrastró por la oscuridad de la casa hasta mi habitación. Tal como había predicho, todo estaba en calma, como si el mundo estuviera dormido.

Todo, excepto Cassia.

Su puerta se abrió de golpe y, antes de que Liam pudiera siquiera acomodarme en la cama, ya estaba ahí, con esa mirada furiosa que atravesaba la penumbra.

—¿Cómo puedes traerlo así? —la escuché reclamarle a Liam mientras mi cuerpo, risueño, se hundía entre las almohadas y alguien cerraba la puerta.

—No es su culpa —balbuceé, la lengua enredada y sin coordinación alguna.

—¡Tú cállate! —me regañó Cassia—. ¡No estás en posición de discutir! ¡Mírate nada más!

Hablaba con un susurro feroz, y yo no podía evitar sonreír, disfrutando de la confusión que dejaba mi estado medio ido.

—¿Cómo pudo terminar tan ebrio? —le espetó a Liam—. ¿A dónde lo llevaste? ¿Qué demonios estaban pensando? ¿No ha sido ya suficiente?

Su voz se llenaba de molestia, frustración, cansancio… una mezcla que hizo que mi estómago se revolviera de nuevo. Pero me reí. En este estado, donde ni siquiera podía pensar con claridad, lo último que podía hacer era tomarme en serio la furia de mi hermana.

NUESTRA OSCURIDAD Donde viven las historias. Descúbrelo ahora