3

532 59 69
                                        

ISAGI

La invasión de esa mañana me había dejado inquieto. Durante todo el día no pude dejar de pensar en esos ojos.
¿Qué nombre tendría aquel chico? ¿Cuántos años tendría? ¿Qué hacía cuando no invadía jardines ajenos?

Había algo en él que me intrigaba, una curiosidad tan intensa que amenazaba con volverse tortuosa, incluso prohibida.

Estuve pensándolo casi todo el día y, al salir del trabajo, decidí comprar un vino. No sabía cuál sería adecuado para una cena de ese tipo, así que elegí algo modesto, pero sutil: un vino tinto, el más ligero que había probado. También compré un ramo de flores para Olivia; el gesto, imaginé, le encantaría.

Aparqué frente a mi casa y dudé un momento sobre si ponerme el saco o dejarlo en el auto. No quería parecer demasiado elegante, pero tampoco sabía si presentarme tan casual era lo correcto.
Tras un breve debate interno, decidí llevarlo puesto y quitarme la corbata —una especie de voto de confianza hacia mí mismo, como si realmente la tuviera—.

Con los obsequios en mano crucé la calle, sintiendo una punzada extraña y persistente en el pecho. No solía ser el tipo de persona al que invitaban a cenas caseras o convivencias familiares. Mucho menos el tipo que se interesaba por alguien con solo verlo a los ojos.
Pero ahí estaba, tratando de mantener la calma y la cordura, poniendo los pies sobre la tierra… porque debía ser consciente de mi posición actual, y sobre todo, de mi pasado.

La casa de los jardineros era amplia y rústica. Tenía un jardín repleto de piedras, árboles, enredaderas y flores; una reja negra de metal al frente, y una gran puerta de madera en el centro.
Desde la entrada se respiraba un aroma a hogar: cálido, acogedor.

Una sensación reconfortante me atrapó, aliviando un poco los nervios. Jamás había sentido algo así.
Estaba tan concentrado en admirar la fachada que me olvidé por completo de que alguien vendría a abrirme.

La puerta principal se abrió y apareció una joven muy parecida al chico invasor: cabello castaño y rizado, las mismas pecas y los mismos ojos que aquel intruso avergonzado.

Me sonrió enseguida y abrió la reja principal.

—Cassia —se presentó con una sonrisa, extendiendo su mano frente a mí.

—Isagi —respondí casi al instante—. Es un placer. —Correspondí a su gesto con una ligera inclinación de cabeza.

—Pasa, todos están ansiosos por verte —dijo, apartándose para dejarme entrar.

Un escalofrío me recorrió la espalda, aunque asentí y seguí el camino que ella, tan amable como despreocupada, me indicó.

Mientras mis pies avanzaban por el sendero de piedra, mi mente, sin consultarme, repitió las palabras que acababa de oír: Todos están ansiosos por verte.
A ese pensamiento lo siguió una pregunta involuntaria que me asustó un poco:

¿Eso significaba que el intruso también lo estaba?

Debía dejar de pensar en eso. Era un desconocido. Ambos lo éramos. Y yo venía de un lugar que, en el fondo, no quería arrastrarlo.

Cassia abrió la puerta frente a mí, y lo primero que vi fue al castaño que había invadido mi mente dar un salto por las escaleras, como si huyera.
Contuve una risa. Su reacción infantil me causó gracia, algo que, al parecer, Cassia notó, pues me miró con una sonrisa cómplice que confirmaba mis sospechas: debían ser hermanos.

Al cruzar el umbral, me envolvió el aroma a comida, madera y rosas.
La casa estaba impecable, iluminada por una luz cálida que me acogió de inmediato. Lámparas colgaban del techo, y en cada rincón había macetas y floreros rebosantes de vida.
Era aún más bello de lo que había imaginado.

NUESTRA OSCURIDAD Donde viven las historias. Descúbrelo ahora