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ISAGI

No mereces ser feliz, Isagi. Escucha con atención lo que te voy a decir: Eres un monstruo, recuérdalo bien —escupió la mujer desde el otro lado de la línea, con una frialdad que me congeló la sangre.

La llamada se terminó. Yo me quedé en silencio, inmóvil en mi lugar. Los ojos se me llenaron de lagrimas pero no podía moverme.

Ahí, en medio del pasillo las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas. Mi mano, que sostenía el celular, lentamente comenzó a bajar hasta el costado de mi cuerpo. Esa sensación de opresión en el pecho comenzó a hacerse mas fuerte cada vez que intentaba jalar aire. Mis músculos se tensaron, el cuerpo me temblaba y la respiración se me cortaba.

Me llevé la mano al pecho, apretando con furia la camiseta. La jalé, la rasgué, la arranqué con uñas temblorosas, arañándome la piel en el proceso.

Cada segundo era una eternidad.
Desnudarme no fue una decisión, fue un impulso, una desesperación de sentir algo distinto, de arrancarme el peso de encima, como si eso pudiera calmar el caos.

Me deshice de los pantalones con torpeza, sin fuerzas, y me arrastré por el suelo, jadeando, medio ciego por las lágrimas y el eco de aquellas palabras se clavaban como cuchillas en mi pecho:

No mereces ser feliz.

Cada pequeño paso que daba iba acompañado de un quejido o un chillido y un intento frustrante por obtener aire en mis pulmones.
Mi vista se nublaba y mis manos no encontraban el camino. Las paredes se veían borrosas y las cosas perdían su forma.

Estaba teniendo un ataque de pánico. Debía llegar a la ducha, y pronto.

Cerré los ojos y los apreté con fuerza. En mi mente gritaba mi nombre:

¡ISAGI! ¡Concéntrate! ¡Tu puedes!

Logré llegar al baño, y de un salto entré a la ducha. Giré la perilla y el agua caliente de inmediato mojó todo mi cuerpo.

Apoyé mi espalda en la pared y tan pronto como pude me resbalé hasta el suelo. Abracé mis piernas con los brazos e incliné la cabeza hacia atrás. Desorbitado, poco a poco fui recuperando el aliento.

La calidez del agua se sintió como un abrazo. Comencé a obtener aire. Mis pulmones comenzaron a inflarse y desinflarse con lentitud. Suspiros, toses, lágrimas y un chillido. Después de eso un silencio desierto inundó la habitación.
Detuve el ciclo del agua y traté de incorporarme. Cuando pude respirar con profundidad, salí de la ducha.

A veces necesitaba un golpe de realidad. Las acciones de mi pasado me iban a perseguir siempre. Aún si cambiaba de departamento, si me alejaba de todos, si me construía una prisión de oro, igual iban a estar ahí, aferrándose a mi.

No importaba lo que hiciera: seguirían acechándome, susurrándome que no merecía empezar de nuevo.

Y entonces, tuve que volver a pisar el suelo con los pies desnudos, crudos, heridos. Tenía que dejar de engañarme.
No podía permitirme arrastrar a Oliver a este abismo. No él. No con esa luz que traía en la mirada.
Así que tomé una decisión.

Ignoré mis sentimientos. Y traté de alejarme.

 Y traté de alejarme

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