OLIVER
Después de dieciséis horas de detención, lo primero en lo que pensé —además de ver a Isagi— fue en bañarme. Mis padres no dijeron nada: ni al salir de la estación, ni en el camino a casa, ni al llegar.
—Deberías ducharte y descansar —dijo papá al fin, dándome un par de palmadas en el hombro.
Los tres me sonrieron, esperando que les devolviera el gesto. Solo pude esbozar una mueca cansada y, como si fuera la primera vez, les hice caso.
Quería arrancarme de encima todo rastro del… incidente. Porque eso era, eso sería siempre: un simple incidente desafortunado en el que, lamentablemente, me vi envuelto. Sí, eso había sido y eso seguiría siendo.
En cuanto crucé la puerta del baño, me arranqué la playera con desesperación y la arrojé al bote de basura. Al mirarme al espejo, mi propio reflejo me provocó un gesto de asco. La sangre de Lidya había traspasado la tela y me manchaba el abdomen.
Me pasé la mano de inmediato, como si con ese gesto pudiera borrar la muerte que ahora cargaba sobre los hombros. Y, pese a saber que yo lo había hecho, que una parte profunda y oscura de mí lo había hecho, ese peso se sentía… ligero. Sabía que lo cargaba, pero no me pesaba.
Al salir, me puse unos boxers que encontré sobre la cama y una playera cualquiera que había estado tirada por ahí. No me molesté en más. En cuanto mi cuerpo tocó el colchón, sucumbí al cansancio.
Pasaron siete u ocho horas hasta que volví a abrir los ojos. El sol me golpeó de frente y un fuerte dolor de cuello me acompañó al incorporarme. En algún momento de la noche debí darme la vuelta y quedarme boca abajo más de lo prudente.
Mi cuerpo crujió al siguiente movimiento, y al siguiente también, hasta cuando me levanté con desgano para ir al baño. Frente al espejo, al fin, pude ver mi rostro y analizarme. Aproveché para regañarme en voz baja:
—Estúpido Oliver —murmuré, sabiendo que nadie más podía oírme—. ¿Cómo…? ¿Cómo no pudiste encontrar otra alternativa? ¿No había otra forma? Bueno… sí, de hecho buscaste otras, y en la mayoría eras tú el que moría, así que… al final hiciste lo correcto… ¿no? —mordí mis labios y solté un largo suspiro.
No era que no sintiera culpa. Es que no sentía nada. Al recordar el escenario solo me venía una sensación extraña… ¿alivio? Como si la presión en mi pecho hubiera desaparecido, dejándome respirar. Y lo mejor —o lo peor— era que mi mayor motivación no había sido sobrevivir, sino liberar a Isagi. Porque él fue lo único en lo que pensé cuando todo sucedió: en Isagi y sus lágrimas, sus cicatrices, su dolor, su sufrimiento, su culpa, toda la tortura que ella le había hecho pasar.
Eso había terminado. Yo le había puesto fin. Y ser consciente de eso me hacía respirar con más calma.
No estaba orgulloso —nadie puede estarlo por asesinar a alguien—, pero tampoco podía negar que aquello no me había dejado tan destrozado como creía. Quizá sentía un poco de arrepentimiento recorriéndome como un calambre, y unas cuantas ganas de llorar por haber hecho algo que jamás me creí capaz de hacer. Pero al darme cuenta de que valía la pena, podía mirarme al espejo y aceptar al monstruo que había dejado salir, aunque solo hubiera sido por unos minutos.
Respiré hondo. Todo había salido bien. Ahora tocaba pasar página y pensar en lo que venía: enfrentar a mis padres, explicar lo que pasó, contar la verdad sobre mi relación con Isagi.
ESTÁS LEYENDO
NUESTRA OSCURIDAD
RomanceIsagi llegó al vecindario con un solo objetivo: privacidad. Oliver no buscaba enamorarse de alguien como él. Pero lo hizo. Y lo deseó de una forma que no supo controlar. Lo que no sabe es que Isagi guarda un secreto. Uno que no puede decir. Uno que...
