ISAGI
Oliver me había escuchado con toda la atención posible y, a medida que la historia avanzaba, su rostro se transformaba en una mezcla de asombro y lástima que me apretaba el corazón. Aun así, no me detuve. Terminé de hablar mientras él se abrazaba a sí mismo, hundido en el sillón frente a mí, como si intentara analizar cada palabra que salía de mi boca.
No me interrumpió. Solo abría la boca para hacer preguntas cortas, cargadas de incredulidad: “¿Cuándo?”, “¿Quién?”, “¿Por qué?”.
Yo le expliqué todo. El regreso de mi mamá, el de Lidya y todo lo que había hecho durante estos días. Por qué venía todas las noches y cómo fue que Cassia pensó que estábamos juntos. No me guardé nada, ni un solo detalle, porque él merecía saberlo todo.
Y me dejó terminar, conteniendo las ganas de romperse. Lo supe cuando le hablé de la culpa que me devoraba y vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas, aunque se esforzara por contenerlas. Apenas dejó escapar unas pocas.
Hasta que, con voz ahogada, me pidió cinco minutos.
Me quedé callado.
Se llevó las manos a la boca, después se puso de pie. Caminó en círculos por un rato, sin mirarme, mientras yo lo seguía con los ojos. Luego volvió a sentarse, aparentando cordura, aunque el temblor de sus manos lo traicionaba.
Tragó saliva y, con un hilo de voz, habló:
—No... No puedo.
En ese instante, sentí cómo la poca esperanza que me quedaba se deshacía en mi pecho, como cenizas después de un incendio. Me dejé arrastrar otra vez a ese abismo de resignación y derrota. ¿Cómo iba a poder amarme después de algo así? Ya lo había presentido. Era de esperarse.
Le acababa de confesar que había matado a una persona. Que había hecho un trato con una estafadora para no ir a la cárcel. Que había tomado la salida más baja, la más cobarde, para evadir mis consecuencias. Y que cada día desde entonces me despertaba sintiéndome más ruin.
Estaba perdido en ese remolino de vergüenza y asco hasta que Oliver habló de nuevo, sacándome de golpe de mi trance, con un nudo en el estómago y la vista llena de destellos.
—No puedo creerlo —dijo, con la voz quebrada—. Todo este tiempo… tú… tú pasaste por un infierno y yo fui un completo ignorante. ¿Cómo… cómo fue que llegamos a esto? —su llanto se volvió más evidente, aunque no desesperado. Sonaba suave, compasivo—. Isagi… ¿por qué no confiaste en mí antes?
—Porque tenía miedo —confesé, rompiéndome otra vez—. Lidya me arrebató todo, Oliver. Desde ese día no solo me pidió una cuota mensual por su silencio… también me juró que arruinaría mi vida por haberle arrebatado al amor de la suya. No he podido ser libre desde entonces. Ella me acecha, me tortura, me amenaza.
Yo creí que aquí no podría encontrarme. Creí que ya había tenido suficiente después de tres años, que ella estaría lejos, disfrutando de todos los lujos que mi dinero le da. Creí que por fin podría ser libre. Creí que, por fin, podía redimirme… y merecer un poco de amor. Tu amor.
La mirada de Oliver no se apartó de la mía. Y no había odio en ella. No había rechazo. Solo compasión.
Me incliné hacia él y me arrodillé frente al sillón, reuniendo todo el valor posible para no quebrarme otra vez.
ESTÁS LEYENDO
NUESTRA OSCURIDAD
RomanceIsagi llegó al vecindario con un solo objetivo: privacidad. Oliver no buscaba enamorarse de alguien como él. Pero lo hizo. Y lo deseó de una forma que no supo controlar. Lo que no sabe es que Isagi guarda un secreto. Uno que no puede decir. Uno que...
