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ISAGI

Oliver había llegado muy temprano a casa, y con él, su insistente enojo. Un enojo que se avivó en cuanto Scarlett apareció.

—¿Qué pasó? —le pregunté, justo cuando Oliver salió furioso al patio.

Scarlett se encogió de hombros con una gracia que solo ella podía permitirse.

—Me preguntó si yo era tu chica —respondió divertida.

Sentí cómo se me tensaban los hombros.

—¿Y qué le dijiste? —pregunté, entrecerrando los ojos.

—Que algo así —dijo, tan tranquila como si hablara del clima.

Carajo.

Me abofeteé mentalmente.
Oliver debía estar pensando lo peor.
Debía haber creído que me burlaba de él. Que todo lo que dije, todo lo que sentí, era una mentira.

—¿Por qué le dijiste eso? —reclamé, bajando la voz.

—Pues soy la chica que resuelve tus problemas, Isagi. Soy como tu chica —soltó con ligereza.

Pero de inmediato se detuvo. Su rostro cambió, como si acabara de unir piezas que no sabía que estaban ahí.

—¡Ay, no! —exclamó, llevándose las manos a la boca—. El jardinerito te gusta —afirmó con los ojos bien abiertos.

La miré con advertencia. Pero no era necesario decir nada. Scarlett me conocía demasiado bien.

—No es eso —mentí.

Pero fue inútil, ella lo había descubierto.

—Tranquilo, ahora mismo voy a aclararlo con él —dijo, dando un paso firme.

—No —me interpuse en su camino, más rápido de lo que pensaba que podía moverme—. Tal vez... es mejor así.

Ya estaba enojado. Molesto conmigo, con el mundo. Probablemente pensaba que yo era como todos, que no sentía nada de verdad.
Y si le daba la razón, tal vez... tal vez dolería menos. Para él. Para mí.
Alejarme parecía lo más sensato.

Pero dolía. Dios, dolía.

Porque sí, lo quería.
Quería que me viera. Quería tocarlo. Quería quedarme.
Pero también tenía miedo de romperlo.
Y no sabía qué sería peor: quedarme cerca… o perderlo del todo.

—Isagi —dijo Scarlett con suavidad, pero firme—. Si sientes algo por él, no lo frenes. No te mientas otra vez.

Me quedé quieto, viendo cómo Scarlett recorria la casa con paso tranquilo, como si no acabara de dejarme la conciencia hecha trizas.

Claro que sentía algo por él. ¿Y qué si lo sentía? ¿Qué podía hacer con eso?
No era como si pudiera tomarlo de la mano y decirle “me gustas” como un adolescente común. No cuando sabía lo que ocultaba. No cuando cada paso hacia él era una amenaza.

¿Y si llegaba a quererme de vuelta?
¿Y si le hacía daño?
¿Y si terminaba arrastrándolo a ese agujero negro que llevaba años escondiendo?

NUESTRA OSCURIDAD Donde viven las historias. Descúbrelo ahora