OLIVER
Isagi había puesto mi mundo patas arriba. Todo lo que yo creía firme se tambaleaba, y aquel sentimiento que me crecía dentro ya no cabía en ningún escondite… aunque aún ni siquiera supiera cómo llamarlo.
Nos habíamos acercado tanto que pude distinguir su olor —el mismo que me devolvía, en un latido, al recuerdo de su clóset— y el corazón me galopó como un demente. Siempre que Isagi aparecía, me descolocaba: las manos me sudaban y el pecho se me volvía un campo de batalla.
Evitarlo no sirvió de nada. Encerrar lo que sentía, menos.
Y mientras lo miraba caminar hacia el lago comprendí que no quería que se alejara; lo necesitaba junto a mí. No sabía de qué forma ni encontraba las palabras, pero lo quería.
Ese casi-beso en el supermercado, el roce furtivo en la camioneta, las miradas que ardían entre los dos… tenían que significar algo. Solo temía equivocarme —equivocarme otra vez, como me ocurrió con Liam.
Al volver a la cabaña, después de nuestro momento tan íntimo y cargado de emociones, lo guié hasta mi habitación.
Mis padres me habían dicho que lo mejor era que durmiera conmigo o que yo durmiera en el sofá de la sala, con la soledad y el frío que acompañaban la habitación.
Preferí que durmiera conmigo. Tendría que contener mis impulsos, descifrar mis sentimientos sin dejarme arrastrar por ellos. Tenerlo tan cerca era un riesgo. Dormir en la misma cama, aún más.
Subimos con nuestras maletas al segundo piso. Le abrí la puerta y lo invité a pasar.
Encendí la luz y, por un momento, me preocupó no ver a Cassia en su cuarto, pero al asomarme por la ventana la vi caminando afuera, con el celular en la mano, como siempre.
Isagi cerró la puerta con suavidad y caminó con paso tranquilo hasta la cama. Tal vez estaba nervioso. ¿Y si mi historia lo había incomodado? ¿Y si pensaba que pretendía hacer lo mismo con él?
Tomé un poco de distancia. Quería que se sintiera seguro. Y, por sobre todo, tenía que evitar oler su ropa.
—El baño está al final del pasillo, por si quieres ducharte. El agua aún debe estar caliente —le ofrecí, sentándome para quitarme los zapatos.
—No me caería mal quitarme el olor a humo —respondió.
—Sí, odio cómo se impregna en la piel —dije, llevándome el brazo a la nariz.
Isagi soltó una risa y, como si mis palabras fueran una orden, se quitó la camiseta de un tirón. Su torso quedó al descubierto.
Y lo ví.
Por supuesto que lo vi. ¿Cómo no hacerlo? Se estaba desnudando frente a mí.
Intenté apartar la vista, pero algo dentro de mí se encendió y no pude. Las palabras se me atoraban en la garganta, la mente se me nublaba.
Tuve que obligarme a mirar a otro lado antes de parecer un depravado. Me giré en cuanto recuperé un mínimo de autocontrol.
Estúpidos deseos, Oliver. Estúpidos, pensé.
Sentí cómo me ardían las mejillas cuando escuché el sonido del cierre de su pantalón. La tela rozó su piel hasta caer al suelo. Supe, sin mirar, que ahora solo lo cubría el bóxer.
No quería voltear. No debía hacerlo. Podría perder el control. No sabía de qué era capaz con todo lo que estaba sintiendo.
Tragué saliva con dificultad… y miré de reojo.
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NUESTRA OSCURIDAD
RomanceIsagi llegó al vecindario con un solo objetivo: privacidad. Oliver no buscaba enamorarse de alguien como él. Pero lo hizo. Y lo deseó de una forma que no supo controlar. Lo que no sabe es que Isagi guarda un secreto. Uno que no puede decir. Uno que...
