OLIVER
Hace un mes que todo cambió. Sus labios, su voz, sus madrugadas. Soy suyo. Pero sigo escondiéndolo como si fuera algo sucio. ¿Desde cuándo soy tan feliz... y tan paranoico a la vez?
La primera vez que le llevé el desayuno, me levanté temprano. Cinco treinta de la madrugada… tal vez exageré un poco, pero todos dormían, y me sentí libre de usar la cocina a mi antojo sin que nadie hiciera preguntas.
Pero la discreción no me duró mucho. Mamá me descubrió infraganti tres días después, justo cuando metía los refractarios en una bolsa térmica.
Se había levantado al baño y el aroma la guió hasta la cocina.
—¿Qué demonios estás haciendo? ¡Creí que mi cocina se incendiaba! —reclamó, deteniéndose en el umbral con exageración.
Me quedé estático, expuesto, tratando de parecer natural. ¿Pero qué podía decir para no delatarme?
Mamá había descubierto mi uso clandestino de su cocina, y yo ni siquiera podía formular una frase coherente. ¿Qué iba a decirle?
—Preparé un desayuno —dije, dándome cuenta de inmediato lo tonto y poco encubierto que sonó.
—¿Te preparaste el desayuno a las seis de la mañana? —preguntó con incredulidad.
—No es para mí —respondí, como si mi lengua funcionara sola. Ni siquiera estaba pensando lo que decía.
—Ay, Oliver. ¡Por Dios! Entonces, ¿para quién? Explícame todo de una sentada —exigió después de un gran bostezo, mientras se tallaba los ojos.
Respiré hondo y tomé la maletita entre las manos, como si alguien pudiera arrebatármela.
Podía decir la verdad, aunque no toda la verdad. Al fin y al cabo, ante ellos, Isagi era solo mi amigo más íntimo. Esto era un lindo gesto, ¿no? ¿Qué más podía parecer?
—Es para Isagi —confesé—. Descubrí que solo desayunaba una taza de café y no podía soportar la idea de que no tuviera un desayuno decente. Además, a mí me sobra el tiempo —expliqué, encogiéndome de hombros como si no fuera gran cosa.
El rostro de mamá se ablandó, y por un momento esbozó un gesto compasivo, tierno.
—Ay, Oli... eso es muy generoso de tu parte —alabó, acercándose un poco.
Y tenía razón. Era generoso. Pero yo no era así. De toda la familia Bianchi —reconocida por su ridícula y encantadora hospitalidad— yo era el menos atento. Mamá estaba medio dormida, tal vez por eso no lo razonó del todo. Así que intenté remediarlo, para que sonara más como algo que yo haría.
—Me está pagando —dije, con indiferencia.
—Ah —respondió, y su expresión cambió por completo: entre el disgusto y el "era de esperarse".
Le sonreí y pasé de largo, huyendo antes de que hiciera más preguntas.
Mamá no volvió a decir nada. Nunca irrumpió otra vez en mis mañanas privadas y clandestinas… que ya no eran tan clandestinas, porque ella se encargó de que todos en la casa lo supieran.
Isagi, por otro lado, se resistió a aceptar mi gesto al principio, pero me mantuve firme, incluso algo autoritario. No iba a aceptar un "no" como respuesta.
No le quedó opción.
Seguí haciéndolo todos los días, sin falta, a la misma hora. Y él, a cambio, comenzó a dejar una rosa entre mis herramientas, cuando nadie lo veía. Justo antes de terminar mi jornada, después de que regresaba del trabajo, ahí estaba la flor. Se las ingeniaba para cortarla del rosal que yo mismo planté, sin que yo lo notara.
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NUESTRA OSCURIDAD
RomanceIsagi llegó al vecindario con un solo objetivo: privacidad. Oliver no buscaba enamorarse de alguien como él. Pero lo hizo. Y lo deseó de una forma que no supo controlar. Lo que no sabe es que Isagi guarda un secreto. Uno que no puede decir. Uno que...
