OLIVER
Construyeron una casa justo frente a la mía. Nunca había visto cómo se levantaba una casa desde cero, y mucho menos con tanta rapidez. En solo dos meses ya estaba terminada, y una semana después empezaron a amueblarla.
Por el vecindario corrían rumores: que los dueños eran gente adinerada, que la casa había costado una fortuna, que quién sabe qué clase de personas serían. Lo cierto es que ocupaba un terreno enorme, y bastaba con ver el jardín trasero para imaginar lo caro que debía ser. Todos los detalles eran de lujo, desde los marcos de las ventanas hasta el acabado del techo.
Decían también que tal vez se trataba de una pareja recién casada. Que probablemente no tenían hijos, porque había muchas ventanas… y ya se sabe que los niños tienden a romper ventanas. Aunque yo fui niño y nunca rompí una, así que no sé qué tan válido sea ese argumento.
Lo que sí era cierto es que hacía tiempo que nadie nuevo se mudaba por aquí. La última familia llegó hace más de seis años, allá por la calle de al lado. Por eso, ahora todos andaban especulando, como si fuera un acontecimiento histórico. Algunos incluso apostaban quiénes serían los nuevos vecinos.
Todas las tardes, sin querer, me descubría mirando por la ventana de mi habitación, que daba justo hacia el patio trasero de esa nueva casa. Me quedaba ahí, imaginando todo lo que se podría hacer con tanto espacio. Mamá y papá habrían sugerido plantar magnolias en la entrada, estoy seguro. Lo mencionaban siempre, como si las flores pudieran arreglar cualquier cosa
—Sí, definitivamente papá tiene razón. Las magnolias le quedarían perfectas —dije, justo antes de darle un mordisco al burrito que compartía con mi hermana.
—¿Por qué les importa tanto? —resopló, recibiendo el burrito de vuelta—. El jardín está simplón. Si los dueños no han puesto nada ahora que ya terminaron la casa, dudo que quieran hacerlo después.
Cassia no era fan de la jardinería, ni del chisme vecinal, pero aún así se acomodó a mi lado en en la cama y me dio un pequeño empujón con el hombro.
—Aunque... mamá podría lavarles el cerebro. ¿Apostamos? —dijo alzando las cejas, mientras movía el burrito delante de mí como si intentara hipnotizarme.
—Ya suenas como los vecinos. ¡Parece que no tienen otra cosa que hacer! —me quejé, dándole un manotazo que casi le hace tirar la comida.
—Gruñón —soltó ella, divertida.
Me encogí de hombros, saqué una cajetilla de cigarros de la sudadera y la agité en el aire.
—¿Quieres? —ofrecí, dejando el burrito a un lado.
Cassia dudó un segundo, pero luego aceptó. Le pasé uno, abrí la ventana y encendí el mío. El primer tiro me raspó la garganta. Carraspeé antes de hablar.
—Ok, apuesto —dije, con la voz algo ronca—. Le doy tres días para convencerlos. Si gano, me tienes que tender la cama durante un año entero.
Cassia sonrió como si acabara de resolver una fórmula mágica.
—Bien. Yo digo que un día. Y si yo gano, me preparas el almuerzo lo que resta del año.
Buena jugada.
Mis esperanzas se desvanecieron en el acto. Ambos sabíamos lo decidida que podía ser mamá cuando se lo proponía. Si quería algo, lo conseguía. Punto.
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NUESTRA OSCURIDAD
RomantizmIsagi llegó al vecindario con un solo objetivo: privacidad. Oliver no buscaba enamorarse de alguien como él. Pero lo hizo. Y lo deseó de una forma que no supo controlar. Lo que no sabe es que Isagi guarda un secreto. Uno que no puede decir. Uno que...
