18

281 22 144
                                        

OLIVER


Había demasiado ruido dentro de mí.

Isagi me abrazaba con fuerza, como si intentara sostener todos mis demonios.
Y yo…
Yo solo quería vomitar.

No por el alcohol. O no del todo.

Era como si me hubiera tragado un huracán.

Francesca.
Cassia.
Chris.

Sus nombres giraban en mi cabeza una y otra vez, como un mantra enfermo del que no podía escapar. Y, sin embargo, esa imagen de Francesca rota, vulnerable por fin… me causó una satisfacción extraña... y algo de esperanza.
Esperanza de que, tal vez, en algún momento, mi libertad fuera posible.

Había tenido el valor —torpe, sí, y un poco cobarde por estar ebrio— de enfrentarla.
De poner mis deseos por encima de sus ambiciones.
No me reprimí. No me escondí.
Brillé.
Aunque solo fuera por un instante… lo hice.

Y esa sensación…
Esa satisfacción silenciosa me recordó lo que sentí cuando me confesé con Cassia.

Fue como enterarte de que aprobaste esa materia que dabas por perdida.
Como si, por fin, pudiera soltar el aire contenido en el pecho.
Como si, al fin, pudiera vivir.

Pero, al mismo tiempo, mientras el alcohol comenzaba a desvanecerse, la culpa se colaba en su lugar.
¿Cómo iba a lidiar ahora con eso?
¿Y si Francesca le contaba todo a mis padres? ¿Si les abría los ojos a la verdad que tanto habíamos ocultado?
¿Estaría todo perdido?
¿Y si, de algún modo, me obligaban a alejarme de Isagi?

La sola idea empezó a devorarme.
Y aunque Isagi seguía ahí, abrazándome, sosteniéndome como si pudiera evitar que el mundo se viniera abajo, yo sentía que todo comenzaba a desmoronarse.
Desde dentro.
En silencio.

Por un instante creí haber alzado el vuelo… pero un pie seguía encadenado al suelo, negándome la libertad.

Y esa bofetada que mamá se atrevió a darme fue la gota que derramó el vaso.
Nunca antes lo había hecho.
No fue el golpe lo que me dolió, sino lo que simbolizaba: una línea cruzada, un quiebre entre lo que alguna vez fuimos y lo que ahora ya no podíamos sostener.

Ella no entendía.
No podía.
No porque no quisiera, sino porque venía de otra época, de otra lógica, de otra herida.
Y en un intento por protegerla, le ocultamos la verdad.
Una verdad que, en el fondo, también era suya.

Sabía lo difícil que había sido para ella volver a hablar con Francesca, después de haber huido con el amor de su vida.
Y sabía también cuánto significaba su hermano mellizo, Ottavio.
Un hombre gay, desaparecido de su vida por años.
Una parte de ella arrancada, negada por una familia que no supo amar bien.

Hablar de Ottavio era como tocar un fantasma.
Como recordarle la herida que nunca terminó de cerrar.
Y yo… yo lo entendía.
Porque crecí con ese mismo silencio encima.
Con esa misma cadena invisible que dice: "haz lo correcto, no hagas olas, no seas tú si eso incomoda a los demás".

Pero…
¿Eso justificaba todo esto?
¿Que yo también tuviera que callarme?
¿Repetir la historia?

Vi la piel de Isagi brillar bajo la luna.
Su rostro sereno, lleno de compasión.
Fuerte, sin ser duro.
Valiente, sin perder la ternura.

¿Cómo lo hacía?
¿Cómo había logrado romper con su pasado sin romperse él?

Yo no conocía bien su historia, pero podía intuirla.
Sabía que no había sido fácil.
Y aun así… ahí estaba.
De pie.
Libre.

NUESTRA OSCURIDAD Donde viven las historias. Descúbrelo ahora