OLIVER
¿Qué estarías dispuesto a hacer por amor?
La revelación de Isagi me golpeó el alma como una avalancha fría, pesada y oscura.
Al principio, sentí que me arrancaban la vida. Decepción, angustia, incluso miedo. Pero, a medida que su historia invadía cada rincón de mi mente, comprendí que… no importaba.
Isagi no era la persona que él creía ser, y, de algún modo, siempre lo supe. A pesar de todo, siempre intentó protegerme, incluso cuando ni siquiera podía protegerse a sí mismo.
Entendí que su pasado era eso: pasado. Que yo no tenía derecho a juzgarlo, no cuando él ya lo había hecho con tanta dureza durante años.
Lo amaba. Con frenesí, con locura. Lo amaba con cada célula de mi cuerpo, y lo necesitaba a mi lado. No importaba el costo ni las consecuencias. Me aferraría a él aunque doliera, porque así debía ser: juntos, siempre.
Por eso me dejé llevar, lo dejé arrastrarme y yo lo arrastré a mí también, hacia la forma más pura de amor que podíamos ofrecernos. Le entregué mi cuerpo como símbolo de devoción y aceptación. Porque Isagi lo valía todo. Cada roce, cada aliento, cada palabra y promesa. Incluso las lágrimas. Incluso los sacrificios.
Y quería que lo supiera. Que lo sintiera en cada mirada, en cada beso, en cada roce de mi lengua sobre su piel y en cada jadeo que sus movimientos arrancaban de mí. Quería que entendiera lo importante que era, lo mucho que nos unía ese acto en el que nos habíamos perdido.
Así que, cuando todo culminó, lo único que pude hacer fue prometerle un futuro. Uno donde pudiéramos repetirlo una y mil veces. Uno donde seríamos cómplices.
Volver a dormir entre sus brazos, sobre su pecho, compartiendo nuestro calor, fue como regresar a la vida. Como respirar bajo el agua, como volar sin alas, como ver con claridad en medio de una tormenta de arena.
Y despertar aún pegado a él fue la sensación más plena que había experimentado después de haber sentido su tacto dentro de mí.
Pero, como si el cuento se narrara al revés, la tormenta llegó después de la calma.
Isagi se marchó, como lo hacía cada mañana. Y una vez que quedé solo, me permití soltar un par de lágrimas. Porque no saber cuándo volvería a tenerlo entre mis brazos me desgarraba el alma.
Me obligué a ponerme de pie. Las sábanas parecían retenerme con fuerza, pero al fin logré liberarme con cansancio. Me hubiera encantado volver a la rutina: ir a la cocina, preparar café, prepararle el desayuno y despedirlo en la puerta… Y que luego, al regresar, me encontrara en el jardín, y pidiéramos algo de cenar o cocináramos juntos, antes de perdernos de nuevo en nuestros cuerpos. Pero las circunstancias aún nos obligaban a permanecer ocultos un poco más.
Con el corazón embargado de dolor, terminé de vestirme. La mañana estaba fresca, a pesar de las nubes y la amenaza de lluvia. No sentí frío. Isagi había dejado una camiseta suya sobre la cama, y decidí ponérmela. Tenía su olor impregnado, y quise llevármelo conmigo; al menos así podría sentirlo cerca, como si, de algún modo, me siguiera abrazando.
Busqué mi celular en los bolsillos, y ahí estaba. No lo había necesitado hasta entonces, cuando recordé que Isagi me había pedido escribirle.
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NUESTRA OSCURIDAD
RomanceIsagi llegó al vecindario con un solo objetivo: privacidad. Oliver no buscaba enamorarse de alguien como él. Pero lo hizo. Y lo deseó de una forma que no supo controlar. Lo que no sabe es que Isagi guarda un secreto. Uno que no puede decir. Uno que...
