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ISAGI

TRES AÑOS ANTES.

Scarlett irrumpió en la habitación que me habían asignado en la finca, apenas tres horas antes de la ceremonia.

—Tienes que saber algo —soltó, atravesando la puerta como un rayo, con la respiración agitada, como si hubiera corrido un maratón y todavía luchara por llegar en primer lugar.

Mientras me ataba la corbata al cuello, alcé la vista hacia ella con gesto burlón. Pero aquella expresión suya —seria, desesperada— me borró la sonrisa al instante.

—¿Qué pasó? —pregunté, con un tono que intentaba sonar calmado, pero que no pudo ocultar el filo de intriga y pánico que se me escapaba.

—¿Recuerdas cuando te dije que tu prometida no me daba buena espina? —disparó sin preámbulos mientras abría la laptop que traía en las manos.

Rodé los ojos, más por costumbre que por convicción. Sí, Scarlett se había quejado de Lidya un par de veces, pero nunca con pruebas; y yo, cegado por la imagen perfecta que tenía de ella, me negaba a escuchar.

—Ajá —murmuré, acomodándome las mangas de la camisa. 

—¿Y recuerdas también que me dijiste que no cancelarías esta tontería hasta tener pruebas?

—¿Qué quieres decir con eso? —fruncí el ceño, con el corazón ya desbocado.

Ella giró la laptop hacia mí, dejándome ver los documentos en la pantalla.

Confundido, me incliné un poco más y me ajusté las gafas. Fue entonces cuando Scarlett empezó a hablar, con una rabia contenida que apenas lograba disimular.

—Te dije que había cosas raras y tú, idiota, no quisiste creerme —me soltó, con el tono afilado—. Ahí está todo. Facturas duplicadas. Pagos a empresas sin registros públicos. Correos corporativos que no cuadran. Até los cabos, Isagi, y descubrí que esas “empresas” están a nombre de terceros… pero el dinero termina en cuentas relacionadas con un tipo llamado Alan. Y mira —apuntó con el cursor—, hay correos entre Lidya y ese tipo hablando de su “vida nueva lejos de todo esto”.

Mientras ella explicaba, mis ojos recorrían cada correo. Lidya no solo nos había robado dinero… también me había estado engañando.

—Todo este tiempo… —murmuré, intentando ocultar lo roto que me sentía por dentro.

—Sí —afirmó ella, cortante, antes de que pudiera terminar la frase—. Esa maldita perra no está contigo por amor. Quiere estatus, Isagi. Ser “la prometida del heredero Kinsley” le abría todas las puertas. Planeaba usar tu apellido para posicionarse, y cuando el plan estuviera completo… desaparecer con Alan, dejándote humillado y a la empresa hecha trizas.

Un zumbido comenzó a taladrarme los oídos, seguido de un mareo intenso. Mi cuerpo se tambaleó hacia atrás y Scarlett, al instante, dejó la computadora sobre la cama para sujetarme del brazo, impidiéndome caer.

—Creo que… voy a desmayarme —alcancé a decir antes de que mi espalda chocara contra la pared.

Scarlett, con el pánico y la furia cruzándose en su rostro, me tomó de los hombros y, con voz firme, casi implacable, soltó:

—No. Isagi, no tienes permitido derrumbarte —exigió, como si aquella orden pudiera anclarme al suelo—. Debes mantenerte fuerte para enfrentar a esa maldita y entregarla a la policía.

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