15

460 28 186
                                        

ISAGI


El día después de la incómoda cena-pedida de matrimonio-invitación a Italia, me dirigí a la oficina de papá con una mezcla de entusiasmo, pena y nervios.

Primero, porque le había pedido investigar más a Chris.
Y segundo, porque iba a pedirle vacaciones. Eso era lo que más me aterraba.

Apenas escuchó la palabra "vacaciones" salir de mi boca, soltó una carcajada estruendosa.

Dio un par de palmadas sobre el escritorio y se incorporó en su silla, como si necesitara recobrar el aliento.

—¿De verdad me estás pidiendo vacaciones, hijo? —preguntó, incrédulo, con ese tono indescifrable que siempre usa cuando quiere burlarse sin parecer cruel.

Lo miré con suspicacia, cruzándome de brazos.

—Eso parece —murmuré, no muy convencido.

—Bueno, Isagi, no has pedido vacaciones desde hace tres años… debes tener como treinta días acumulados —bromeó entre risas.

Mi semblante no cambió. A mí no me parecía gracioso.

Al parecer, papá lo notó, porque carraspeó y borró su sonrisa con disimulo.

—Solo necesito una semana —aclaré, encogiéndome de hombros.

—Está bien.

—Gracias.

Nos quedamos en silencio un momento, mirándonos. En su expresión noté que tenía mil preguntas picándole la lengua, implorando por salir. Se moría de curiosidad.

Suspiré, cediendo.

—Me invitaron a Italia —dije al fin, tomándolo por sorpresa.

Se quedó quieto en su silla, con los ojos bien abiertos.

Como si acabara de decirle que me iba a la luna.

Asintió con lentitud, como si procesar esa frase requiriera tiempo extra, y luego habló:

—¿Puedo preguntar quién te hizo tan generosa invitación? —indagó con una sonrisa ladina, como si ya supiera la respuesta.

—Mi... —hice una pausa, todavía debatiéndome internamente sobre cómo referirme a Oliver frente a él—. Mi novio.

Ya lo sabía, claro. Solo que nunca le había puesto nombre. Ya era tiempo.

Su sonrisa amenazó con escaparse desde el fondo, pero logró atraparla con elegancia. Se acomodó el saco y se recostó en el respaldo.

Tomó su celular, apartando la mirada de la mía.

—Puedes pasar a Recursos Humanos ahora mismo para registrar tus fechas —anunció con naturalidad.

Asentí y me dispuse a salir.

—Pásala bien, hijo —añadió.

—Claro.

—¿Puedo saber cómo se llama? —preguntó justo cuando tenía la mano en el picaporte.

NUESTRA OSCURIDAD Donde viven las historias. Descúbrelo ahora