9

508 43 119
                                        

ISAGI

Había tenido un ataque de pánico frente a Oliver. Fue algo leve, menos intenso que los anteriores. Pero lo verdaderamente sorprendente fue que él mantuvo la calma… y me ayudó.

Oliver había logrado calmarme. Solo él. Sin necesidad de meterme a la ducha, sin técnicas extrañas ni distracciones forzadas. Solo sus dedos rozando mi piel, su mirada firme clavada en la mía, su voz serena. Con eso bastó para que pudiera volver a respirar.

Esa noche, algo cambió. Algo se volvió distinto entre nosotros.

Oliver y yo.

Nos acercamos. Nos conocimos un poco más. Conectamos.

Tal vez haber sido vulnerable frente a él fue un atajo. Un camino directo hacia algo más profundo. Por primera vez, mis monstruosos ataques de pánico me sirvieron para algo.

Pude haber huido. Pero me quedé. Permití que Oliver formara parte de una de mis peores versiones.

Y él también se quedó. No necesitaba nada más.

Tal vez aquí era donde pertenecía. Tal vez por fin había encontrado mi lugar. Lejos de todos, lejos de todo. Incluso lejos de mi oscuridad.

El peso sobre mis hombros ya no era tan insoportable. La carga se había nivelado.

Por primera vez sentí que tenía una oportunidad. Que podía darme permiso de intentarlo.

Ser mejor. Ser una buena persona. Por mí. Por Oliver. Para Oliver.

Lo intentaría. De verdad, podría hacerlo.

Y entonces, Lidya me llamó.

El depósito está atrasado —dijo, seria, cruda, insensible.

—Sabes que tarda de tres a cinco días —respondí, conteniéndome.

Supongo —replicó—. ¿Ya tienes un nuevo amigo?

Recordé que Oliver había contestado el teléfono aquella vez.

—No es mi amigo —dije. Tenía que protegerlo.

Él dijo que lo era.

—Solo es el jardinero.

Isagi —reclamó con tono ácido—. Sabes que no soy estúpida. No intentes engañarme. Te conozco, sé perfectamente tus gustos. ¿Meterte con el jardinero? —soltó una risa fría—. Más te vale que no, porque no lo mereces.

Y colgó.

Quise ignorarla. No podía seguir derrumbándome cada vez que alguien me recordaba lo que había pasado. Lo que yo hice.

Sí, era un monstruo. Pero podía cambiar. Lo sentía en el pecho: podía hacerlo.

Esa noche no encontré a Oliver al volver del trabajo. Tampoco apareció a la mañana siguiente, como solía hacerlo. Ni al otro día. Ni al siguiente.

¿Le habría pasado algo?

¿Estaba enfermo?

Pensé en ir a su casa. Preguntar por él. Pero… ¿qué excusa podía dar? ¿Cómo evitar parecer un obsesivo?

Entonces consideré escribirle.

Caminé en círculos alrededor de la mesa, mordiéndome las uñas, debatiéndome entre el impulso y el miedo.

¿Qué podía decirle?

“Oli, no te he visto. ¿Pasó algo? Te extraño.”

Lo escribí. Y lo borré al instante.

NUESTRA OSCURIDAD Donde viven las historias. Descúbrelo ahora