23.Vida Matrimonial

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Aunque sea mi esposo, había cosas que no cambiaban. Manteníamos la mirada fija el uno en el otro, desafiante.

-Iré.

-No.

-No te pregunté.

-Y yo tampoco.

Esto no iba a llevar a ningún lado, y no tenía nada cerca para apuñalarme, así que cambié de estrategia.

Puse mi mejor expresión triste y desvié la mirada.

-Dijiste que no querías que viviera encerrada, que querías que conociera el mundo... -Escuché cómo suspiraba y se acercaba a mí. Me tomó suavemente el rostro, obligándome a mirarlo. Parecía afligido.

-París no es precisamente el lugar más hermoso, Ameliel. Francia enfrenta una situación política difícil. Apenas se firmó el Tratado de Granada y ya hay amenazas de otra guerra. No voy a disfrutar, voy a trabajar.

-Con más razón quiero ir.

-Las relaciones diplomáticas con Francia están tensas, Ameliel. Es peligroso.

-¡Ay, pero por favor, Charles! Me viste matar a un vampiro. Unos humanos matándose entre sí no es nada. -Suspiró. Estaba cediendo, pero de pronto volvió a ponerse serio.

-Está bien, irás -dijo finalmente. Traté de reprimir mi sonrisa de victoria- Pero... quiero que un doctor te revise antes.

-¿Sigues con eso? -pregunté, ya fastidiada del tema.

-Tienes retraso.

-De una semana. Es normal, me dijeron las criadas.

-Quiero prevenir.

-Si estuviera embarazada, lo sabría horas después de su concepción.

-Si no quieres que te revise un doctor, no vas.

-Eres un terco.

-Y tú me lo dices -soltó una carcajada que me enojó aún más. Pero almenos uno de los dos tenía que comportarse como el adulto

-Bueno, acepto. Traigan al bendito galeno. -Su sonrisa triunfante me enfureció, así que salí rumbo al jardín sin decir más.

No sabía cuánto tiempo exacto había pasado en la tierra, pero era más de una vuelta al sol. El ritmo de la vida humana se me había tornado casi cotidiano.

No me sentía mal, pero sí desconectada. Por eso decidí ir al jardín más lejano, donde las flores crecían libres en un hermoso caos.

Me senté en el césped algo crecido y dejé mis manos reposar en él. Respiré hondo y cerré los ojos, dejándome llevar por la calma de la naturaleza. Aunque tenía los ojos cerrados, pude visualizar las tiras de energía de todo lo que me rodeaba. Eran como arterias que daban vida al mundo, fluyendo incansablemente.

Todo era energía, en su expresión más pura.

De repente, escuché un susurro suave, como el viento que se pierde en la noche.

-Ameliel.

La voz no la conocía, pero me daba una paz incomparable.

-No olvides, Ameliel. Protégelo.

Esa voz femenina despertó en mí una sensación de familiaridad. Luego, una melodía suave, casi imperceptible, como un palpitar. Apenas se podía sentir, pero estaba ahí. Me concentré más, intentando identificar su origen, cuando alguien me tocó el hombro, sobresaltándome.

-¿Estás bien?

-¡Por Dios, me asustaste!

-Lo siento, te llamé y no respondías.

-¿Ya llegó? -Charles asintió y extendió su mano para ayudarme a levantarme.

El doctor ya estaba en el castillo, esperándonos en una de las habitaciones destinadas a visitas formales. Al entrar, el ambiente estaba cargado de tensión.

El galeno era un hombre mayor, con cabello gris y una mirada perspicaz. Vestía ropajes oscuros y llevaba consigo una bolsa de cuero llena de instrumentos cuyo propósito preferí no imaginar. Me saludó con una ligera reverencia, mientras Charles permanecía a mi lado, rígido.

-Mi señora, mi lord. ¿En qué puedo servirles?

Charles respondió antes de que yo pudiera hablar.

-Mi esposa tiene un retraso en su ciclo. Quiero descartar cualquier anomalía o posible embarazo.

Me hervía la sangre, pero mantuve la compostura.

-Es solo una semana de retraso, pero mi esposo insiste.

El doctor asintió con calma y me invitó a sentarme junto a la ventana. La luz del sol iluminaba la estancia, haciéndola menos opresiva.

-Permítame revisar su pulso primero, mi señora.

Le extendí la mano, y él colocó sus dedos en mi muñeca con firmeza, pero suavidad. Cerró los ojos para contar el ritmo de mi corazón.

Mientras tanto, miré a Charles de reojo. Estaba parado junto a la puerta, cruzado de brazos, intentando ocultar su ansiedad.

Tras unos momentos, el doctor abrió los ojos y sonrió levemente.

-No hay señales de embarazo, mi señora. Su pulso es regular, aunque algo acelerado por el estrés. No hay nada de qué preocuparse.

Sentí alivio, pero antes de que pudiera hablar, Charles insistió.

-¿Y no hay nada que explique el retraso?

-Los ciclos femeninos pueden variar por muchas razones, mi lord: cambios en la dieta, preocupaciones emocionales, incluso modificaciones en la rutina. No veo nada fuera de lo común.

-¿Lo ves? -le dije a Charles con una mezcla de triunfo y cansancio.

Suspiró y asintió, aunque parecía decepcionado, como si ya hubiera imaginado otra posibilidad.

Cuando el doctor se retiró, quedamos solos. Charles miraba fijamente la pared, perdido en sus pensamientos.

-¿Estás bien? -le pregunté, rompiendo el silencio.

-Sí… solo pensé que tal vez… había una posibilidad.

-Charles, tenemos toda una vida por delante para eso -mentí sin pena.

Asintió de nuevo, con la mirada más blanda. Me acerqué y tomé su mano.

-Vamos a París -dije suavemente- Y después, veremos qué nos depara el destino.

Por primera vez en mucho tiempo, sonrió de manera sincera, recordándome por qué me había casado con él.

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