La tarde había caído sobre la mansión como una manta pesada, de colores rojizos. Ya no quedaba nadie alrededor. Ni la guía, ni los visitantes, ni siquiera mi beta, que seguramente estaría buscándome. Todo parecía suspendido. Solo ella. Solo su aroma, que me envolvía con una familiaridad inexplicable. Miel y tierra mojada. Hogar y tormenta.
Tenía que sacarla de ahí.
Con cuidado, la acomodé mejor entre mis brazos y comencé a caminar hacia la salida trasera. Los árboles crujieron con el viento, como si protestaran por dejarla ir. Como si el pasado quisiera retenerla. Pero no lo permitiría. No sabía quién era, pero sabía que debía mantenerla a salvo.
Corrí.
La llevé hasta la camioneta, cubriéndola con mi campera para protegerla del frío. Encendí el motor con manos temblorosas. Tenía que llevarla a casa. A mi cabaña en las afueras del pueblo. El único lugar donde podría cuidarla sin levantar sospechas.
Durante el camino, no dejé de mirarla en cada semáforo, cada curva. Su rostro tenía una belleza irreal, casi imposible. Como sacado de otro mundo. Sus labios apenas se movían, murmurando palabras sin sentido. Parecía atrapada entre dos planos: uno al que ya no pertenecía y otro que no lograba entender.
Cuando llegamos, la llevé directamente a mi habitación. Coloqué almohadas a su alrededor y le cambié la ropa sucia por una camiseta mía. Note algo raro, una cicatriz en su espalda, dos líneas finas como marcas de fuego
Me quedé a su lado toda la noche. Sin dormir. Sin moverme. Solo observándola respirar.
La luz de la mañana se filtró por la ventana. Una brisa suave acarició el interior de la cabaña y el aroma de ella se hizo más nítido, como si respondiera al nuevo día.
Entonces, sus dedos se movieron.
Me incorporé al instante. Su respiración cambió. Y, poco a poco, sus párpados se abrieron.
Sus ojos vagaron por el techo, después por las paredes, y finalmente se detuvieron en mí. Fríos. Analíticos. No había miedo. Solo evaluación.
-¿Dónde estoy? -su voz era baja, algo áspera, pero firme. Precisa.
-Estás a salvo -le respondí, manteniendo mi voz lo más suave posible-Te desmayaste en la mansión Baudelaire. Te traje a mi casa.
Sus cejas apenas se alzaron. La palabra "Baudelaire" parecía activar una sinapsis lejana, pero no alcanzaba para generar emoción.
-No tengo memoria de ese lugar -dijo, como quien analiza un dato más entre otros.
-¿Recuerdas tu nombre? -pregunté, con cautela.
Cerró los ojos por un momento. Su rostro permaneció inmutable. Luego, los abrió.
-Ameliel -dijo, sin vacilar- Es un nombre. No estoy segura si me pertenece, pero es el único que tengo.
Tragué saliva.
_Como la duquesa… _murmuré más para mí que para ella.
-¿Duquesa? -repitió, sin rastro de interés emocional. Solo curiosidad neutral-Explícate.
-En la mansión… hay un retrato tuyo. O alguien igual a ti. Te pareces tanto que… es imposible no pensar que eres ella.
Ella bajó la mirada por un instante, calculando. Luego, negó suavemente.
-Las coincidencias existen. Los rostros se repiten.
-¿Recuerdas algo más?
-Fragmentos. Caída libre. Luz intensa. Luego oscuridad, confinamiento, ausencia de estímulos. Fue… prolongado. Interminable. Pero ya no tiene relevancia -respondió, llevándose una mano al pecho- Estoy funcional. Eso es suficiente, por ahora.
-¿Y ahora? ¿Cómo te sientes?
-Estable. Aunque hay disonancias. El entorno ha cambiado. El tiempo ha pasado. Yo… no. No entiendo por qué desperté ahora.
Me quedé callado. Su frialdad no me alejaba, al contrario, generaba más preguntas.
-Ameliel… -repetí, saboreando su nombre con respeto-¿Sabes quién te hizo caer?
-Una figura. Inaccesible. Poderosa. Emitía juicio. Me declaró indigna. No argumentó -dijo sin alterarse- Fue una ejecución. Eficiente.
Un escalofrío me recorrió la espalda. No entendía la mitad de lo que decía
-¿Eres humana siquiera?
Ella me miró sin pestañear. Su expresión no cambió, pero tardó un segundo más en responder.
-No lo sé. Pero si lo soy ahora, es una condición adquirida, no natural.
La lógica con la que hablaba me descolocaba. No había emoción, solo precisión.
-Tu aroma -murmuré-Lo reconocí.
Ella ladeó la cabeza, como si analizara un fenómeno biológico.
-Los lobos tienen olfato sensible. Es probable que nuestra compatibilidad genética o energética lo justifique.
-No te conozco, pero… cuando te vi, algo dentro de mí se quebró. Algo diferente a lo que cuentan sobre encontrar a tu alma gemela.
Sus ojos se entrecerraron.
-El concepto de alma gemela es romántico. Irracional. Pero hay conexiones inexplicables desde la lógica humana. Tal vez compartimos una estructura espiritual antigua.
-Soy Matt -le dije, en voz baja.
Ella asintió, como si archivara el dato.
-Matt. Lo recordaré.
Extendió la mano con lentitud, no como un gesto afectivo, sino como una acción consciente de establecer contacto. Sus dedos rozaron los míos con firmeza clínica.
-Tu energía es familiar. Eso es innegable -dijo- No sé tu historia, pero… tu presencia no es nueva.
-¿Qué quieres decir?
-Que tu alma tiene una firma. Y yo… la reconozco. A nivel elemental.
No había ternura en su tono. Solo certeza.
Y aun así, lo sentí. No en palabras, no en emociones. En algo más primitivo. Como si algo invisible entre nosotros volviera a activarse.
Nos habíamos encontrado.
Aunque el mundo hubiera intentado separarnos.
Al fin, estábamos aquí.
Y eso era todo lo que necesitaba saber.
