34.El jazmín

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Ameliel aceptó venir conmigo sin objeción, dijo que mi esencia le agradaba y que no recordaba nada, así que no tenía adónde ir.

Así que la llevé a la manada principal. En el pasado, esta estaba en el sur de Alaska, pero hace años algo cambió, y nos mudamos de manada. No sé cómo explicarlo porque no lo recuerdo bien. Solo sé que un alfa murió, y yo fui a verlo, y luego todo se volvió un sueño borroso. Lo más peculiar es que todos tuvimos ese sueño, el mismo. Y en el lugar donde ocurrió, creció un jazmín hermoso que daba una sensación de tranquilidad y paz tan profunda que uno podía olvidar su propio nombre. A día de hoy, después de más de cien años, sigue vivo. Nunca se marchita. Nadie lo toca.

Ameliel no siempre actuaba como una persona común, pero al llegar a la manada se quedó colgada. Apenas detuve el auto, salió corriendo y fue directo hacia ese jazmín. Se quedó allí, mirándolo por horas. No me dio explicaciones. Sólo permaneció a su lado, sentada, de pie, acostada, contemplándolo como si fuera un fragmento perdido de sí misma. Dos días pasaron así. Le llevaba comida, agua, algo de abrigo por la noche. No decía nada. Hasta que logré convencerla de entrar, diciéndole con suavidad que la planta no se movería de ahí.

-Tiene la esencia de una deidad -susurró, sin despegar la vista-Es muy conocida y me llama.

Asentí sin entender del todo, y entramos a la casa. No la apuré. No podía. Había algo en ella… algo que dolía mirar demasiado de cerca. No porque fuera triste, sino porque era inmenso.

El interior era cálido, el aire impregnado de hojas secas y café recién hecho. Algunos de los nuestros la observaron con curiosidad, otros bajaron la mirada con respeto. Nadie preguntó. Solo Fia, como siempre, se atrevió.

-¿Ella es tu mate? -murmuró en voz baja, acercándose a mí mientras Ameliel recorría el espacio como quien entra en un sueño lúcido.

-Sí -respondí- Ameliel.

Fia se acercó a ella con cautela. La rodeó despacio, como una gata analizando un espejo.

-Tienes un nombre antiguo -comentó con voz suave-

-Creo que tengo más años de existencia que todos ustedes juntos-dijo Ameliel sin mirarla, aún con los ojos paseando por las vigas del techo.

Fia levantó una ceja y me miró como diciendo "es especial".

Después de un rato, Ameliel se sentó junto a la chimenea. La leña ardía despacio, y ella la observó como si el fuego le hablara en un idioma olvidado.

-¿Qué es esto? -preguntó de pronto.

-¿El fuego?

—No. Esta… sensación. No quiero salir corriendo. No quiero analizarlo todo. Es… cómodo.

-Se llama hogar -dije-Y no necesitas entenderlo ahora.

Ella me miró por primera vez desde que cruzamos la puerta. Su mirada era aguda, analítica, pero no hostil.

-¿Siempre tienes esa forma de decir las cosas? Como si todo fuera un simbolismo.

-Tal vez. O tal vez solo soy paciente -sonreí levemente- Me acostumbré a observar. En este mundo no se sobrevive gritando, sino escuchando y observando.

Asintió, y durante unos minutos solo se escuchó el crepitar del fuego.

-Tu energía es distinta a la del jazmín, pero complementaria -murmuró- ¿Qué ocurrió allí?

-No lo sabemos -respondí con sinceridad-El recuerdo es un velo. Fue como si algo se borrara en todos nosotros al mismo tiempo.

Ella no respondió. Su silencio no era evasión, era análisis. Como si las palabras fueran piezas que aún no encajaban.

Esa noche, durmió en una de las habitaciones de huéspedes. Al principio se acostó sobre las sábanas como si no supiera qué hacer. Observó las cortinas, el marco de la ventana, los libros apilados, los pequeños detalles como si intentara hallar sentido a cada objeto. Le dejé una lámpara encendida.

-¿Y si no puedo dormir? -preguntó, como si el insomnio fuera una posibilidad ajena.

-Entonces no duermas. Solo respira -le dije desde la puerta.

-Respirar es algo automático. ¿Tú lo haces consciente?

-A veces. Cuando quiero recordarme que sigo vivo.

Ella se quedó mirándome. Me pareció que esa frase la había tocado en algún lugar interno. No preguntó nada más.

Al día siguiente, se levantó temprano. Caminaba descalza, con el cabello revuelto y los ojos fijos en todo. Observaba a los niños entrenar en el campo, a los adultos conversando, a los lobos en su forma natural. Todo era materia de estudio para ella.

-¿Siempre se abrazan tanto? -preguntó al ver a un par de adolescentes riendo entre sí.

-Sí. El contacto es parte de la conexión. Somos una manada, no un conjunto de individuos. ¿No lo hacías antes?

Ella negó lentamente.

-Creo que antes solo obedecía.

-¿Y ahora?

-Ahora me pregunto si eso era vivir.

La miré en silencio. No tenía respuestas, y no intenté fingir que sí.

Fia se acercó otra vez más tarde, con una taza de té humeante.

-¿Sabes? Cuando llegué aquí tampoco recordaba quién era. Pero los recuerdos no son lo único que define a alguien.

-¿Y qué lo hace, entonces?

-Las decisiones. Aunque tengas miedo —Fia le guiñó un ojo- Y tú, querida, ya tomaste una: quedarte.

Ameliel tomó la taza con ambas manos, como si estuviera aprendiendo qué hacer con ella. Luego me miró de nuevo.

-Me agradas, Matt. Y eso es raro.

—¿Por qué?

-Porque no siento que deba entenderte para confiar en ti.

Sabia por qué, ella era mía, mi alma gemela.¿Pero como podía explicar eso a alguien que apenas recuerda su nombre?

-Tal vez no se trata de entender -respondí- sino de simplemente… sentir.

Ella se quedó en silencio, pero esta vez no fue un silencio incómodo. Era como un soplo de aire entre dos respiraciones.

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