35.Fragmentos de un Edén perdido

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Ameliel

Mi mente danzaba en los límites de un recuerdo que no pedí. Fragmentos. Trozos rotos de una melodía sin nombre.

Primero fue el olor. No a tierra, ni a hojas secas, sino a eternidad. Un aroma suave, inmortal, como si la creación aún respirara cerca.

Luego, la luz.

Pero esta vez no estaba flotando en un jardín dorado, sino en el interior de un palacio blanco, vasto y sin esquinas. Las columnas resplandecían como mármol vivo. Los techos se perdían en la altura, pero sin opresión. El aire era tan claro que parecía hecho de música.

Estábamos sentados en una terraza abierta, con vista al Edén. Una mesa de piedra blanca, esculpida con símbolos que no podía leer pero sí comprender, nos separaba. Frente a mí, Él.

Dios.

Era hermoso, con cabello platinado que caía en ondas suaves hasta los hombros, ojos grises como el cielo antes de una tormenta y una sonrisa serena. Vestía una túnica de lino, sencilla pero perfecta. Irradiaba carisma y paciencia. No imponía, inspiraba.

Levantó su copa. Era de cristal puro. Me ofreció vino, oscuro como el alma humana.

-¿Culminó la vida de Caled? -preguntó con un tono cálido, casi fraternal.

-A los noventa y dos años -respondí-Tuvo una vida muy feliz y fructífera

Él sonrió, complacido.

-Entonces bebamos por ello.

Chocamos las copas suavemente. El vino era dulce, embriagador, pero no intoxicaba. Solo abría puertas.

Después de unos minutos en silencio, contemplando el jardín, Él habló:

-¿Lo amas?

Sabía a quién se refería. Lucifer.

No respondí enseguida. No porque dudara, sino porque mis palabras debían ser exactas. Era Dios. No se le respondía con ligereza.

-Tengo sentimientos encontrados con él -dije al fin, con voz baja- Lo quiero. A veces quiero matarlo también, pero lo quiero a fin de cuentas.

Dios asintió, como quien confirma una verdad que ya conocía.

-¿No me odias por haberte creado como un regalo para él?

Esa pregunta no dolía, pero sí calaba. Resonaba en mi centro, en mi diseño más íntimo.

-No le guardo rencor -respondí, más firme esta vez-Me brindó la capacidad de sentir y de elegir. Pudo haberme hecho una muñeca, un trozo de porcelana obediente. Pero no lo hizo. Me dio pensamientos propios, palabras propias, emociones propias. Si su intención fue regalarme, entonces me regaló con dignidad.

Dios me observó con intensidad. Sus ojos no eran de este mundo. Había creación en su mirada.

-Eres más poderosa de lo que crees, Ameliel -dijo al fin, con una sonrisa suave-Más de lo que todos imaginan. Y además… eres sumamente elocuente.

Me sentí vista. No juzgada, no medida, sino realmente vista. Como si, por primera vez en eones, alguien mirara dentro de mí y me encontrara completa.

Entonces, sin previo aviso, apareció él.

Lucifer.

Entró por uno de los pasillos del palacio con su porte altivo, sus ojos llenos de fuego antiguo y una lira bajo el brazo. Vestía como siempre lo hacía en su gloria: elegante, provocador, seguro de sí mismo.

-¡Padre! -exclamó con ese tono entre arrogante y encantador-Me han dicho que Ameliel es mejor que yo en todo, incluso en música. ¿Puedo tocar algo?

Yo aguante las ganas de reír, yo no tenía tanto talento musical pero había esparcido esos rumores para molestarlo, de cierta manera me causaba gracia molestarlo y a él creo que le divertida competir conmigo.

Dios se acomodó con una sonrisa leve.

-Adelante, hijo mío.

Lucifer se sentó en una banca de piedra cercana y comenzó a tocar. No lo hacía mal, pero cada nota era demasiado dramática, como si buscara ovaciones celestiales. Su interpretación era pasional, sí, pero también demasiado… Lucifer.

-¿Quieres que aplauda o que te compadezca? -pregunté con una ceja alzada.

Lucifer frunció los labios.

-¡Eres cruel!

-Tu arte suena como un búho cantando en celo.

Dios soltó una carcajada que hizo vibrar los muros de luz. Lucifer hizo un berrinche inmediato. Se tiró hacia atrás como un niño, con exageración, pataleando suavemente sobre las baldosas blancas.

-¡Nadie valora mi genio! ¡Estoy rodeado de ingratos!

-¿Ves lo que digo? -le dije a Dios con una sonrisa-Lo quieres un minuto, y al otro deseas encerrarlo en una caja.

Lucifer se reincorporó, se sacudió con dignidad fingida y caminó hacia mí.

-Eres insoportable -susurró, antes de abrazarme con fuerza.

Era cálido. Su abrazo era real. Me envolvía por completo.

Y allí, entre las columnas del palacio, con el vino aún en nuestras copas, supe que lo había amado.

Me desperté con el corazón latiendo con fuerza, los ojos húmedos y la garganta apretada. Matt dormía en otra habitación. La casa estaba en silencio.

Me senté en la cama, abrazándome a mí misma.

-¿Dónde quedó ella? -murmuré.

La Ameliel que se reía. La que tomaba la copa con Dios. La que desafiaba a Lucifer sin miedo. La que amaba ¿Dónde estaba?

La respuesta fue silenciosa, pero poderosa: Sigue aquí. Solo necesita que la reconozcas.

Respiré hondo.

Por primera vez en siglos… no sentí culpa. Ni confusión. Solo… añoranza. Y algo más.

Esperanza.

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⏰ Última actualización: Jan 29 ⏰

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