33.En algún lugar del infierno

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El castillo se alzaba en medio del páramo helado como una joya maldita: dorado, reluciente, cruelmente bello. A su alrededor, la nieve caía en silencio perpetuo, amortiguando todo sonido como si el mundo estuviera conteniendo la respiración.

Las paredes resplandecían con un fulgor dorado constante, como si nunca se apagara el sol. Pero aquel resplandor no traía calor. Era un lugar de belleza congelada, de armonía artificial. Y en su centro, sentado sobre un trono de obsidiana tallada con inscripciones angelicales, estaba Lucifer.

Sus dedos recorrían las fibras de una lira suspendida sobre un pedestal de vidrio. Cada nota que arrancaba de sus cuerdas resonaba como un eco antiguo, una advertencia apenas susurrada al tejido del universo. La melodía era digna del dios y rey del infierno.

-La has sentido -dijo una voz detrás suyo, grave y firme.

Lucifer no alzó la vista. Sabía quién era. Aled. Su hijo.

El joven de cabello rojos y ojos azules profundos caminó hasta quedar frente a la gigantesca vidriera que dominaba el salón principal. Desde allí, se veía el horizonte blanco, la nevada sin fin que cubría el mundo de abajo.

-¿Lo sentiste tú también? -preguntó Lucifer, con voz baja.

-La energía. Sí -respondió Aled- Fue como un llamado. Familiar y nuevo. Viejo… pero sin forma.

Lucifer cerró los ojos, sus dedos aún sobre las cuerdas.

-Es ella -dijo con un suspiro- Ameliel…

Aled giró lentamente.

-¿Mi madre?

Lucifer asintió, abriendo los ojos. Su mirada se perdió en el cristal.

-Pero algo está mal. Su esencia está… distorsionada. Como si fuera ella… y no lo fuera.

Aled frunció el ceño.

-Déjame ir.

Lucifer lo miró por primera vez. Su expresión no era de autoridad, sino de pesar.

-No.

-¿Por qué?

-Porque no quiero que veas a tu madre así -dijo Lucifer- No quiero que la conozcas como un reflejo mal armado de lo que fue.

Aled bajó la mirada, pero no insistió.

Lucifer se puso de pie y la lira se desvaneció en el aire. La sala se quedó en silencio. Entonces, el Rey del Inframundo extendió sus alas. Eran blancas. Eran de luz. Luz pura. Luz nacida de un dios. Luz que se negó a apagarse.

Desapareció.

Apareció en un claro del bosque, oculto entre árboles viejos. Allí estaba ella. Ameliel. Sentada frente a una fogata encendida con esmero. Su cabello rojo caía sobre sus hombros como una cortina de fuego apagado. Y junto a ella, un hombre. Matt.

Lucifer no necesitó más que una mirada para saber quién era. No por su rostro, sino por lo que su esencia: el alma de Charles recidia en el.

-Entonces tú renaciste… -susurró.

No era Charles. . Era el que heredó su alma, aunque la memoria hubiera sido purgada. Lucifer bajó la mirada hacia Ameliel. No era a la que conoció, no aún. Su expresión era plana. Fría. Vacía. Sus ojos brillaban con lógica, no con sentimiento. Como un ángel antes del ajuste de fábrica.

La última vez que la vio, llevaba un vestido blanco. Había flores. Había campanas. La boda con Charles fue el último día que sus ojos se toparon con los suyos.

Lucifer cerró los ojos un instante.

Era ella pero no la Ameliel que él recordaba. No la criatura orgullosa y quebrada, la que desafió los designios celestiales con una voz de plata y ojos llenos de verdad. Esta... era otra.

Su rostro, sereno. Y la energía que emanaba de ella era cruda, sin forma, sin filtro. Como un ángel recién moldeado. Como un alma aún sin cicatrices.

Era la cáscara de lo que ella fue. La semilla antes del fruto. El diseño antes del libre albedrío.

No era ella.

Aún no.

Y eso lo perturbaba.

Porque si la esencia estaba allí, pero no la memoria, ni el juicio, ni el carácter...

Esto era diferente.

Matt le hablaba con ternura. Tocaba su mano. Y Ameliel lo miraba como si intentara comprender qué debía sentir, no como si lo sintiera. Lucifer notó la tensión en sus hombros. No sabía quién era. Recordaba fragmentos. Pero no a él. No al mortal que la amó en la oscuridad y la vio prometerse en la luz.

-Padre -dijo una voz a su lado.

Era Aled. Había venido igual.

Lucifer no se giró.

-¿Lo ves ahora?

Aled observó en silencio. Sus ojos se oscurecieron.

-Está incompleta.

-Está rota -corrigió Lucifer-Pero su alma no. Su alma está ahí, latente. Oculta bajo capas de tierra y olvido.

-¿Creés que Charles podrá despertar algo en ella?

Lucifer bajó la vista.

-No lo sé. Pero si hay algo que pueda hacerlo, es la memoria del alma. El vínculo que ni siquiera ese dios miserable logró borrar.

Aled dio un paso hacia adelante.

-¿Qué harás?

Lucifer lo miró.

-Esperar.

Ameliel levantó la mirada en ese momento, como si hubiera percibido algo. Lucifer y Aled se desvanecieron antes de que pudiera verlos. Pero por un segundo, sus ojos se crisparon. Y la fogata se avivó con un viento invisible.

Matt le preguntó si estaba bien. Ella asintió. Pero algo había cambiado.

Había una presencia que llamaba a la suya.

Unidos por lazos de sangre ella recordó algo.

Y el Cascarón… comenzó a llenarse.

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