Escuchaba lo que decía la guía con atención. Su voz era clara y pausada, pero el ambiente del lugar hacía que cada palabra resonara con un peso extraño, como si el aire estuviera cargado de algo antiguo e invisible. Las paredes de piedra, cubiertas de tapices descoloridos, parecían absorber la luz de las lámparas de araña, proyectando sombras que se alargaban y contraían con cada movimiento. Era un sitio peculiar, impregnado de una energía densa que erizaba la piel.
-Este es uno de los pocos retratos de los últimos duques Baudelaire -dijo la guía, deteniéndose frente a una enorme pintura enmarcada en oro opaco- La duquesa era conocida por su gran belleza, tan deslumbrante que el duque la tomó como su protegida cuando aún era muy joven. Incluso la familia real se interesó en ella, pero al final, fue el propio duque quien terminó desposándola.
Me acerqué unos pasos, observando el retrato con detenimiento. Algo en la mirada de la duquesa me hacía sentir incómodo. No era solo su belleza lo que resultaba inquietante, sino la intensidad con la que sus ojos parecían perforar la tela. Sus largos cabellos rojos caían en ondas perfectas, pero no eran lo más llamativo de su rostro.
-¿Sus ojos eran violetas? -preguntó una niña con voz curiosa.
Yo también me lo preguntaba. Pocas veces en mi vida había visto criaturas con ojos violetas, y ninguna de ellas era humana.
La guía sonrió levemente antes de responder:
-Los historiadores tienen opiniones divididas. En todos los retratos de la duquesa, sus ojos aparecen de ese color, lo que ha alimentado muchas teorías. Algunos creen que, en realidad, eran de un azul tan profundo que la luz los hacía parecer violetas. Otros sostienen que es imposible que alguien con sus características los tuviera de ese tono. Sea como sea, es un detalle que ha añadido misterio a su historia.
El silencio se extendió por la sala, como si la figura de la duquesa en el cuadro nos observara a todos, escuchando cada palabra que pronunciábamos sobre ella.
-Sigamos -anunció la guía- La próxima habitación es la del infante que nunca vio la luz.
Al cruzar el umbral, sentí un nudo en la garganta. La habitación parecía congelada en el tiempo, como si esperara a alguien que nunca llegaría. Grandes ventanales dejaban entrar la luz de la tarde, iluminando los muebles antiguos. Había juguetes de madera en una esquina, desgastados por el paso de los años, y en el centro, una cuna de roble macizo se erguía como un altar de tristeza. Dentro de ella, una escultura de rubí en forma de recién nacido brillaba con un fulgor inquietante.
-Cuenta la leyenda que los duques Baudelaire estaban esperando un hijo -relató la guía con voz serena-Pero el bebé nació muerto. Sumida en la desesperación, la duquesa perdió la cordura. Una noche, en un arrebato de dolor, asesinó a todos en la mansión: criados, soldados… incluso a su propio esposo. Fue una masacre. Después, según los relatos, se quitó la vida.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
-Sin embargo -continuó la guía, señalando la escultura en la cuna-los historiadores creen que su suicidio no fue inmediato. Esta escultura es prueba de ello. No se sabe con certeza quién la creó, pero fue encargada por la propia duquesa. Durante siglos, se ha intentado retirarla de la cuna, pero cada vez que alguien lo hace, enferma gravemente y muere en pocos días. La única cura es devolver la escultura a su lugar.
La historia era aterradora, pero lo que realmente me dejó sin aliento fue otro detalle. Me acerqué lentamente a la cuna y noté un grabado en la madera. Al leerlo, mi corazón se apretó en mi pecho.
Aled.
-¿Cuál era el nombre de la duquesa?-preguntó una señora entre los visitantes.
-Ameliel Anndrasdan-respondió la guía.
Al escuchar ese nombre, algo dentro de mí se rompió.
El aire se volvió sofocante. Salí de la habitación sin preocuparme por dejar atrás a mi beta. Solo necesitaba aire fresco. El temblor en mis manos era incontrolable y, sin entender por qué, sentía unas inmensas ganas de llorar.
El alma nunca olvida.
La voz de mi lobo resonó en mi mente con nostalgia.
Entonces, un aroma me envolvió de repente. Dulzón, pero con un matiz amaderado. Era una mezcla de miel y tierra mojada, de recuerdos olvidados y promesas rotas. Mi corazón se aceleró, instintivamente giré la cabeza en la dirección del olor.
Y la vi.
De espaldas, una mujer con un vestido blanco largo que flotaba suavemente con la brisa, semejante a un camisón antiguo. Su cabello rojo caía en una cascada de fuego hasta sus rodillas, moviéndose con delicadeza mientras permanecía ininmóvi
"Pero para que veas que no soy tan malo como alguna vez me dijiste, te diré esto: tu alma gemela aún no se reunirá contigo. Pasarán 159 años antes de que se reencuentren. Ella no te reconocerá al principio, pero, como almas viejas que se han perdido, se encontrarán. Y la barrera se romperá."
No sabía de quién era esa voz ni por qué esas palabras resonaban en mi mente con tanta certeza. Pero sí sabía algo.
Habían pasado exactamente 159 años.
Y yo la había encontrado.
Mate.
-Mía… -susurré con voz ronca, acercándome a ella.
Antes de que pudiera ver su rostro, su cuerpo se tambaleó y cayó. Me apresuré a atraparla, sosteniéndola entre mis brazos antes de que tocara el suelo.
El mundo pareció detenerse.
Si no la tuviera entre mis manos, pensaría que era un fantasma.
Porque su rostro…
Era idéntico al de la duquesa maldita.
Ameliel Anndrasdan.
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¿Ya saben quien narra este capitulo?
Espero que les halla gustado. Aquí empieza la segunda parte de Existencia.
Con amor Ali 💜
