Capítulo 69: Rugidos en las Sombras

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Perspectiva de Yarnaby

¡AHHH-CHUUUU!

El eco de mi estornudo resonó en las paredes metálicas de mi celda. Con una zarpa me pasé por el hocico, frunciendo el ceño.

—¿Pero qué carajo? —mascullé, mirando alrededor con irritación. Sabía que no podía enfermarme, así que solo había una explicación lógica: alguien estaba hablando de mí.

Había escuchado alguna vez a un humano decir que si alguien habla de ti mientras no estás presente, estornudas. Aunque claro, era una idiotez, pero con lo aburrido que estaba, incluso teorías estúpidas me entretenían.

Volví a mirar mi celda. Cuatro paredes metálicas, sin decoración, ni un maldito hueso para masticar. Sólo yo y mi aburrimiento. Mi jefe, el prototipo 1006, estaba durmiendo dentro de una de las ventilaciones como si fuera un oso en hibernación.

—Qué envidia —murmuré, cruzándome de brazos—. Mientras él ronca a gusto, yo aquí perdiendo mi tiempo.

No iba a quedarme encerrado sin hacer nada, eso era seguro. Miré hacia la trampilla de ventilación en el techo. Ya la había usado antes para salir y explorar, así que, con un salto ágil, la abrí y me metí dentro.

Perspectiva desde las ventilaciones

Los conductos crujieron ligeramente bajo mi peso, pero sabía cómo moverme sin hacer demasiado ruido. Avancé rápidamente, disfrutando de la sensación de libertad que estos túneles me ofrecían. Eventualmente, llegué a una sección más grande del complejo, y allí lo vi: un enorme experimento dormido en el centro de una habitación oscura.

—Hora de divertirse un poco —susurré para mí mismo, con una sonrisa traviesa.

—¡Eh, Piano! —grité desde la ventilación, mi voz resonando en el lugar.

El gigantesco dinosaurio con dientes de piano, conocido como Pianosaurus, gruñó suavemente mientras se daba la vuelta para mirarme. Sus ojos brillaron en la penumbra, y me saludó con un tono bajo.

 Sus ojos brillaron en la penumbra, y me saludó con un tono bajo

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—¿Qué quieres, Yarnaby? Estoy descansando.

—Solo vine a socializar, grandulón —respondí mientras me acomodaba en la rejilla de ventilación—. ¿Cómo estás?

—Bien. ¿Y tú? —preguntó, aunque su voz tenía un toque de fastidio.

—Oh, ya sabes, sobreviviendo al trabajo esclavizante de 1006. Me tiene vigilando a esos experimentos que juegan a ser niñeras.

Pianosaurus dejó escapar un sonido que podría haber sido una risa, pero también podía interpretarse como un gruñido burlón.

—Siempre quejándote, Yarnaby. Deberías estar agradecido de tener algo que hacer.

—¿Agradecido? ¿En serio? —repliqué, indignado—. Tú no tienes idea de lo que es meterte en conductos de ventilación todo el maldito día, mientras tu jefe se rasca la panza. Además, tú eres un maldito dinosaurio gigante; no puedes ni meterte aquí arriba.

Eso último pareció tocar un nervio, porque Pianosaurus dejó escapar un gruñido de advertencia, y sus dientes brillaron bajo la tenue luz del lugar.

—Cuidado con lo que dices, Yarnaby —dijo, su voz baja y amenazante—. No necesito meterme en esas mierdas de conductos; mis teclas pueden dejarte sordo en un segundo.

—Ya, ya, cálmate, Beethoven de dientes afilados —respondí con una sonrisa burlona, levantando las zarpas en señal de paz—. Sólo bromeaba.

Pianosaurus bufó y cerró los ojos nuevamente, claramente harto de mí.

—Mejor lárgate antes de que decida usar mis teclas contigo.

—Relájate, dinosaurio cascarrabias —dije mientras me preparaba para volver al túnel—. Que tengas una buena tarde, si es que puedes con ese mal humor.

Con eso, desaparecí en los conductos antes de que pudiera lanzar un rugido que me dejara temblando.

El trayecto de vuelta fue rápido. Aunque disfrutaba espiar a los demás experimentos, prefería no estar demasiado tiempo fuera de mi celda, por si 1006 despertaba y decidía darme un sermón.

Una vez dentro, cerré la trampilla tras de mí y me dejé caer sobre el suelo metálico.

—¿Por qué todos son tan amargados? —me pregunté en voz alta.

Con un suspiro, me acomodé, cruzando las patas detrás de la cabeza. Ya había tenido suficiente aventura por el día, aunque todavía no podía quitarme de la mente lo divertido que había sido molestar a Pianosaurus.

—Bueno, supongo que mañana será otro día de diversión —murmuré con una sonrisa antes de cerrar los ojos y quedarme dormido, soñando con más formas de fastidiar a mis "compañeros".

(Cancelada)La oportunidad de ¡CATNAP!Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora