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En la víspera de la partida de Suguru para su misión, el azabache dedicó el día a organizar una experiencia especial para ambos. Desde el amanecer, cuando los primeros rayos de sol iluminaron el cielo, hasta el anochecer, cuando la luna se alzó en todo su esplendor, cada instante fue meticulosamente planeado para celebrar su tiempo juntos antes de la separación.

Suguru había planeado cada detalle con esmero: visitar sus lugares favoritos, disfrutar de una comida deliciosa y, por supuesto, culminar la noche observando las estrellas, su actividad preferida.

La cita transcurría de manera maravillosa, a pesar de que en lo más profundo de sus corazones pesaba la realidad inminente del día siguiente. Mikazuki permitió que el momento fluyera como un río sin obstáculos, consciente de que todo llegaría a su fin al amanecer. Era una verdad que finalmente había encontrado el coraje de aceptar.

El azabache se dedicó a elaborar desde cero sus platillos favoritos, seleccionando con meticulosidad cada detalle que sabía que ella disfrutaría. Juntos, compartieron la experiencia de pintar un lienzo, revelando una divertida disparidad entre sus estilos. Mientras la castaña trazaba líneas seguras y precisas, los trazos del azabache eran más descuidados y torpes, creando un contraste cómico pero encantador de los dos.

A petición de Suguru, Mikazuki pintó un par de mariposas en sus brazos, las cuales casi los cubrían por completo. El delgado pincel trazaba con precisión cada línea, dando vida a las delicadas criaturas que ahora adornaban la piel del azabache.

—"¿Por qué querías que te dibujara esto?"— volvió a preguntar, con la lengua ligeramente asomando, reflejando su concentración.

El azabache rió, sintiendo cómo cada gota de tinta borraba las heridas del pasado. —"Es un secreto"— respondió con voz misteriosa.

Mikazuki se limitó a rodar los ojos, sabiendo que Suguru no le revelaría su secreto. Cuando la noche cayó, se dirigieron a un lugar elevado para contemplar las estrellas. Sin embargo, Mikazuki se sorprendió al ver a Suguru lanzarlos colina abajo, solo para materializar un majestuoso dragón arcoíris que los elevó hacia los cielos.

El azabache rió al ver la expresión de sorpresa y miedo en el rostro de la chica, lo que le valió un golpe en el brazo por no haberle advertido con antelación.

Los colores resplandecientes del dragón se destacaban contra el oscuro cielo estrellado, mientras el viento los abrazaba con fuerza, haciendo bailar sus cabellos con energía. Mikazuki se volvió hacia él, notando que su moño estaba casi deshecho por las aventuras del día.

Suguru la tenía abrazada con firmeza mientras el dragón volaba aún más alto. La sensación de vértigo se apoderó de la chica, y el azabache la tomó suavemente del mentón, apartándola de mirar hacia abajo. Ante ellos se extendía la vasta ciudad de Tokio, desplegándose en toda su magnificencia.

Parecía un mar de luces, con destellos provenientes de los edificios, automóviles y demás. Desde esa gran altura, la ciudad parecía diminuta ante ellos. —"Es hermoso, ¿verdad?"— susurró el azabache contra su oído

Mikazuki sintió cómo era atraída hacia su pecho, y una ráfaga de viento hizo que su piel se erizara. El azabache percibió los escalofríos y giró la cabeza para observarla mejor. —"¿Tienes frío?"— preguntó con preocupación en su voz.

Ante la respuesta positiva, Suguru rió suavemente, atrayéndola más hacia su pecho hasta que su espalda se pegó a él, dejando prácticamente ningún espacio entre ellos. —"No te preocupes, te mantendré caliente"— dijo con ternura antes de descansar su mentón en su hombro.

Suguru cerró los ojos, entregándose al sentimiento de tenerla entre sus brazos. Comenzó a mecerse suavemente de adelante hacia atrás, tarareando una melodía suave y reconfortante. A medida que pasaban el tiempo unidos, el frío se disipaba gradualmente de sus cuerpos.

URÓBORO || Geto SuguruHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora