MM| "𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑠𝑎𝑙𝑎𝑚𝑎𝑛𝑑𝑟𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑎 𝑞𝑢𝑒𝑟𝑒' 𝑣𝑒𝑟 𝑒𝑛 𝑣𝑖𝑣𝑜"
𝘵𝘳𝘶𝘦𝘯𝘰 𝘧𝘢𝘯𝘧𝘪𝘤
─Vos sos mi musa desde que inicié con la música, mami.
®catitafzzz | 2024
¡ toda la historia es con el fin de entretener !
¡ prohibida su cop...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
( real life, hace 2 años y 11 meses )
Catalina Sánchez
Desde que Mateo y yo estamos juntos, habíamos pasado el doble del tiempo juntos. Ya sea fuera del estudio, en su casa o en mi departamento, siempre encontrábamos excusas para vernos.
Pero justo cuando pensaba que estábamos en una racha de días felices, tranquilos y bonitos, la vida decidió meter un poco la pata y que se fuera un poco a la mierda.
Mateo se enfermó, y cuando digo que se enfermó, no es un resfriado normal de un poco de fiebre y tos. Me refiero a que estaba caliente como un horno debido a la fiebre, escalofríos, una voz ronca y un humor de los mil demonios.
—Mami, creo que me voy a morir, boluda. —gimió desde el sofá, envuelto en una manta como si fuera una fajita humana.
Rodé los ojos mientras tomaba un jarabe junto con una cuchara y lo colocaba al lado del tazón de sopa que había llevado hace un par de minutos.
—No seas dramático, amor, es solo un resfrío.
Mateo me miró como si fuera la persona más desconsiderada del mundo, con los ojos entrecerrados, su rostro pálido y con las mejillas enrojecidas levemente.
—¿"Solo un resfrío"? Catalina, me duele todo. No siento mi cuerpo. Siento que me atropelló un camión y después pasó en reversa solo para asegurarse que no sobreviviera. La vida me odia, ¿por cuánto tiempo no voy a poder cogerte, la concha de la lora? —contuve una carcajada. Cuando Mateo estaba enfermo sacaba a relucir su lado más infantil.
—Si te hubiera atropellado un camión, estarías en el hospital y no en el sofá quejándote como un bebé. —bromeé, mientras llenaba la cuchara de jarabe. —Ya, tomate esto.
Él me miró con el ceño fruncido como si el jarabe fuera veneno. —No quiero.
Lo miré seria. —Mateo, te lo tomas o te lo meto a la fuerza.
Mateo soltó un gemido en forma de protesta pero tomó el contenido de la cuchara de mala gana. —Eres peor que mi mamá... —murmuró tomando el jarabe y haciendo una expresión de asco.
Dejé la cuchara en la mesita de centro junto el jarabe y me crucé de brazos mientras lo miraba.
—No soy peor. Ambas tuvimos que soportar tus berrinches, la diferencia es que ella no tenía tanta paciencia como yo y te dejaba a tu decisión tomarte o no el jarabe.
Mateo puso los ojos en blanco y tomó la sopa de la mesita, tomándola de a poquito. Mientras lo veía, recordé la primera vez que lo tuve que cuidar cuando estaba enfermo, teníamos 15 años y sus papás habían ido a Córdoba; me quedé con él en la noche y al parecer no estaba tan enfermo, ya que mi virginidad y la de él se fue esa noche.
Siempre había sido igual: un niño grande que se quejaba de todo lo posible pero en el fondo le encantaba ser mimado.
Cuando se terminó el tazón de sopa, dejó el pocillo en la mesa y se acurrucó más en la manta, mirándome con ojos de cachorro enfermo.
—¿Puedes quedarte aquí conmigo? —murmuró con voz rasposa.
—obvio. —respondí, acostándome a su lado.
Mateo se acomodó en mi regazo, colocándose entre mis piernas y se acostó en mi pecho, cerrando los ojos mientras mis dedos se iban a jugar con sus rulos sueltos.
—Esto es lo mejor de estar enfermo. —murmuró entre mis pechos. —me consentís.
Sonreí y besé su frente caliente, tome un paño mojado y se lo coloque en la frente y mis manos frías fueron a su espalda.
—Disfrútalo mientras dure, Palacios, cuando te recuperes te haré pagar todos y cada uno de tus berrinches.
Él soltó una risa baja, pero pronto su respiración se hizo más lenta y pausada. Se quedó dormido en mi regazo, con su mano aferrada a mi remera como si temiera que me fuera.
Lo miré por unos segundos, acariciando su rostro con ternura A pesar de lo insoportable que se ponía cuando estaba enfermo, adoraba verlo así, completamente vulnerable y confiando en mí para cuidarlo.
Suspiré y encendí la televisión para ver algo mientras esperaba que despertara. Me acomodé y seguí acariciando su cabello.
Aunque Mateo jamás lo admitiría en voz alta, amaba sentirse protegido y yo estaba ahí para hacerlo sentir así, siempre.