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— ¿No te parece una idiotez volver aquí? —dijo la rubia Malfoy mientras llegaba con su prima al colegio.

— Aun así, es mejor —dijo la Lestrange—. Jamás me quise ir.

Las dos chicas subían las escaleras hacia el Gran Comedor. Otro año escolar iniciaba y, aunque los problemas aumentaban, estaban felices de encontrar un poco de paz.

— Aquí vamos —dijeron las dos al unísono cuando las puertas se abrieron, dejando ver las cuatro mesas repletas de estudiantes y a los profesores sentados en sus respectivas mesas.

Todos las observaban y algunos quedaban embobados. No se podía negar que ambas contaban con una belleza impresionante y, con los años, se había empezado a notar aún más.

— Deja de mirarla —susurró George a su gemelo, quien negó con la cabeza sin apartar la mirada.

— La Lestrange es muy bella, y ni hablar de la Malfoy —comentó Lee Jordan, también embobado.

Amelie tenía su cabello castaño más largo, alcanzando a llegar más abajo de su cintura. Sus ojos habían perdido el brillo de años atrás, pero el lunar bajo su ojo izquierdo resaltaba aún más su mirada. Por su parte, Astoria tenía su típica cabellera rubia hasta los hombros, bien cuidada, y sus ojos azules reflejaban la astucia e ingenio que siempre la caracterizaban.

Los gemelos, al escuchar las palabras de su amigo, lo miraron con ganas de matarlo, pero no pudieron decir nada, ya que fueron interrumpidos por la profesora.

— Señorita Malfoy, señorita Lestrange, es un gusto volver a verlas —dijo la profesora McGonagall—. Por favor, tomen asiento en sus respectivas mesas.

Las dos chicas, al escuchar esto, se sentaron: una en Slytherin y la otra en Ravenclaw.

— Ahora sí —dijo el director—, la cena está servida. A comer.

Las mesas se llenaron de comida, platos dorados rebosantes de todo tipo de manjares. Amelie sintió un nudo en el estómago. La comida... otra vez la comida. Bajó la mirada, sus dedos se crisparon alrededor de los cubiertos. No tenía hambre. No podía comer. Solo el olor le revolvía el estómago.

Respiró hondo, pero el aire no le llegaba. Sentía las miradas sobre ella, la expectación de los demás mientras se servían generosas porciones de pastel de carne, puré de calabaza y budín de Yorkshire. Su garganta se cerró. No podía dejar que notaran nada extraño.

Tomó un trozo de pan y lo partió en pedazos pequeños, como si estuviera distraída en la conversación de los demás. Su mano temblaba apenas. Solo actúa normal, se dijo.

— Amelie —dijo una joven de su edad, interrumpiendo sus pensamientos—, es bueno volverte a ver.

Emily Granger, una de sus antiguas amigas, estaba frente a ella, saludándola.

Amelie apretó los dientes. No podía arriesgarse. No si quería protegerlos.

— Granger —respondió con frialdad—, no me hables. No me junto con sangre sucia.

Oh, cómo odiaba decir eso, pero si no lo hacía, pagaría las consecuencias.

Todos en la mesa quedaron helados por sus palabras. Amelie sintió el peso del juicio, pero también el del hambre retorciendo su estómago vacío. Se obligó a mantener la compostura mientras partía otro trozo de pan que jamás llevaría a su boca.

— Yo-yo... —Emily apenas pudo hablar—. ¿Qué te pasa? ¿Qué te he hecho yo para que me hables así?

— ¿Estás sorda? —La rubia Malfoy llegó a la escena—. No nos juntamos con sangre sucia. Nunca serán magos de verdad, por más que lo intenten.

Luces y Sombras en Hogwarts: El Camino de Amelie [CANCELADA]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora