Capítulo 15

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La pelirrubia miraba por la ventana el atardecer. Había pasado algunas horas de que tanto Drew como Vendetta se había ido del lugar y todavía no había rastros de ellos. Se había convertido en un pasatiempo, ahora adoraba ver los atardeceres antes de la oscuridad pinte el cielo y seguir admirando las estrellas que adornaban poco a poco con su compañía absoluta de una hermosa luna. La paz que ocasionaba al admirar el cielo es sentir a su madre viéndola desde allá arriba, susurrándole al oído que todo estará bien, una calidez se impregna en su pecho que logra desviar todos esos miedos de su alma.

No podía esperar más para que su libertad llegará, todo ese tiempo ha sido una tortura total debido a ese encierro que la estaba matando en vida. Quería su vida, quería ver a su padre, a sus amigas, extrañaba absolutamente todo que le hacía feliz. Sobre todo, acabar con la persona que le puso en esta situación, quien se atrevió a mandar a unos tipos para hacerle daño sin ningún tipo de remordimiento solo por algo de justicia.

Algunas mentes de las personas son muy retorcidas, con pensamientos fuera de la realidad, utilizando sus más deseos de sangre en gente inocente. Ha visto muchos casos de personas que han desaparecido y que nunca los han vuelto a ver, otras que aparecen a los siguientes días muertos, otros utilizados para fines macabros y sucios, y entre otras cosas más que son una atrocidad completa que no se puede parar.

Sin embargo, agradecía por un instante de que las personas que la tienen en este lugar no le han hecho nada. Las intenciones han decaído al pasar de los días, se pudo dar cuenta por parte del castaño que no le quieren hacer daño, y aunque no haya tenido ningún tipo de acercamiento o comunicación con el azabache, solo le importaba estar tranquila y que no llegara a faltar su palabra de no hacerle daño mientras estaba bajo su poder.

Unos ruidos provenientes del exterior, la pelirrubia miró extrañada como tres camionetas negras iban apareciendo al frente de la residencia. Por un instante pensó que se trataría del azabache con su gente, pero en todo ese tiempo que ha permanecido encerrada en ese lugar nunca vio al azabache con gente de su organización criminal o algún movimiento inusual. Tan solo eran ellos dos, el chico que la ayudó a sanar sus heridas y que comenzaron una pequeña amistad ante la soledad que emanaba, y el azabache, nadie más, entonces ¿quiénes eran esas personas?

Se estacionaron al frente de la residencia y rápidamente bajaron algunos sujetos vestidos de negro con armas entre sus manos. No se miraba buena pinta sus intenciones, así que se apegó bien a la pared para que no notarán que los estaban mirando. Un hombre de aproximadamente 50 años bajó de uno de las camionetas, la pelirrubia se quedó pasmada al reconocer a ese hombre.

— No puede ser... Es el papá de Lisa.

Keila no sabía lo que estaba ocurriendo. Su mirada no se despegaba de ese hombre, en su mente se había generado tantos pensamientos negativos que solo llevaba a una conclusión casi certera.

Su secuestro y la presencia del padre de Lisa, todo conectaba.

Siempre hubo rumores de que el padre de Lisa tenía pasados oscuros y tenebrosos, unos decían que para tener el éxito que mantenía hoy en día era en base de corrupción e injusticias, otros decían que estaba relacionado con la mafia, pero solo eran rumores sin ningún fundamento que dé certeza a unas hipótesis surgidas en base a apariencias. Sin embargo, conectando hilo por hilo, podía comprender que el secuestro fue idealizado por Lisa, concretado por el padre de Lisa para luego ser encomendada por las dos personas que ahora la tienen ahí encerrada. Ahora todo tenía sentido.

La ira le estaba consumiendo poco a poco porque se sintió traicionada, principalmente por el castaño, quien le aseguró que ellos no la secuestraron y se ganó su confianza en base de engaños. Su descaro es palpable en esas dos personas. No podía mentir que el miedo le estaba ganando a medida que veía como esos sujetos comenzaron a rodear la zona mientras que los otros escuchaban las indicaciones de ese hombre para luego dirigirse al domicilio.

El poder de VendettaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora