Capítulo 27

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— Oh por dios, no puedo creerlo.

La pelirrubia no podía contener la emoción de ver, después de tanto tiempo, el pequeño pueblo que antes vivió con sus padres. El brillo en sus ojos era palpable, no despegaba su mirada de aquel paisaje que le recordaba su infancia y parte de su niñez.

— ¿Conoces este lugar? – preguntó el azabache, mirándola por el retrovisor.

— Demasiado. Aquí vivía con mis padres por un buen tiempo antes de mudarnos a New York.

— Entonces-

— Si sigues a unos cinco minutos más, encontraremos la casa donde anteriormente vivía.

— ¿Crees que aún está desocupada? ¿No lo vendieron o algo por el estilo?

— Uhm, no recuerdo. Pero podemos averiguarlo.

El castaño asintió con la cabeza y siguió las indicaciones que le estaba dando la pelirrubia para llegar a la casa que anteriormente vivía con sus padres. Tardaron unos minutos y parquearon el carro al frente de la casa.

Keila miró por la ventana con nostalgia. La casa aún no había sido ocupada por nadie durante esos años y parecía que nadie había hecho algún arreglo o mantenimiento, el aspecto lo delataba.

Chris bajó del carro para abrirle la puerta a la pelirrubia. Drew también bajó del carro sin despegar su mirada de la casa, pero su mirada recayó ante las dos personas que cruzaba la calle ¿con sus manos enlazadas?

Drew frunció su ceño, confundido por lo que sus ojos estaba viendo. ¿De qué se había perdido todo este tiempo? El castaño solo negó, tal vez solo sea porque la pelirrubia aún sentía el peligro acechándolos, también recuerda cuando ella agarraba su brazo para que no la dejara sola, cuando ya había agarrado confianza.

Quiso reprimir esos sentimientos que lo iban agobiar.

Keila buscó por todo el alrededor las llaves de la casa, recordó las veces que sus padres ponían las llaves de repuesto en algún lugar del jardín. Al encontrarlo, suspiró y abrió la puerta principal.

— Se nota que nadie a pisado esta casa por años. Se ve mucho polvo y las sábanas aún están en esos muebles — habló el azabache.

Un nudo se formó en su garganta, Keila se sintió melancólica y las ganas de llorar no pasaba de desapercibido por el azabache que puso toda su atención en la pelirrubia cuando esta soltó su mano y caminar por toda la sala.

— Todo está intacto — murmuró Keila.

— Tendríamos que averiguar si no hay nadie aquí. No hay control por ningún lado, y si esta casa ha estado deshabitada por algunos años, pudo haber sido casa para cualquier vagabundo o algo peor.

— Pero está intacto. No parece que alguien haya entrado a esta propiedad como si fuera suya.

— De seguro mi padre venía para acá en las vacaciones — habló la pelirrubia sacando la sábana blanca que adornaba el sofá — Nunca pasaba en casa cuando las vacaciones llegaban. Mi papá siempre me mandaba a un campamento a las afueras de Pensilvania. Cuando entré a la Universidad, me tocaba hacer actividades extra curriculares y no pasaba mucho tiempo en casa, es por eso que conseguí un departamento cerca de la Universidad. De seguro papá venía para acá para no sentirse solo.

— Eso tiene mucha lógica.

— Este fue mi primer hogar. Tan cálido y acogedor, aún recuerdo cuando mamá le gustaba tener todo impecable.

Keila recuerda la primera vez que pisó esa casa. Al principio fue tímida y extrañada al estar en un ambiente diferente a lo que se acostumbraba cuando estaba en el orfanato. Su madre se agachó a su altura para darle un pequeño beso en su mejilla y decirle con esa voz dulce y con una sonrisa de oreja a oreja, que ese era su nuevo hogar.

El poder de VendettaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora