41. Embry Call

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La Reserva estaba más silenciosa de lo habitual

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La Reserva estaba más silenciosa de lo habitual.

Y no del modo tranquilo y apacible que uno espera de un pueblo escondido entre los árboles y el mar, sino de esa clase de silencio denso, como una sábana húmeda sobre el pecho, que te impide respirar del todo. Una quietud incómoda que se te pega a la piel, como si la misma tierra estuviera conteniendo el aliento.

El cielo estaba nublado, como siempre, pero el gris parecía más profundo ese día. Más pesado. Aparqué frente a la casa de Embry, justo junto al viejo pino que se curvaba hacia el porche como un anciano observando el mundo pasar. Su sombra oscurecía el buzón, el mismo que Embry alguna vez me dijo que pensaba pintar pero nunca lo hizo. Las instrucciones que Jacob me había dado para llegar a la casa de Embry fueron precisas.

El aire olía a madera mojada, sal marina y algo más. Algo metálico. Como si la atmósfera misma estuviera cargada de electricidad que nadie podía ver.

Me bajé del coche sin hacer ruido. El crujido de las hojas bajo mis botas fue casi una blasfemia contra esa quietud. La casa estaba cerrada. Las persianas abajo. Las luces apagadas. No se oía ni música, ni televisión, ni risas. Ni siquiera el ladrido distante de un perro. Toqué la puerta una vez. Esperé. Luego toqué otra vez, con un poco más de fuerza. Escuché con atención.

Nada.

Solo el viento, deslizándose entre los árboles como un susurro con secretos que nadie quería oír.

Mis dedos se cerraron en puño. Esperé unos segundos más y luego retrocedí un paso. Miré alrededor. Las casas vecinas estaban igual de calladas. Las ventanas cerradas. Las puertas sin movimiento. Como si todo el vecindario supiera algo que yo no. Como si todos estuvieran fingiendo no ver.

El porche crujió bajo mi peso cuando bajé los escalones. Me detuve a mitad del camino, girando una última vez hacia la puerta.

"¿Dónde estás?", pensé.

Esa pregunta se repetía como un eco sordo en mi mente mientras me quedaba de pie en el porche silencioso, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula apretada. Ya había tocado la puerta tres veces. Esperado cinco minutos. Caminado de un lado a otro. Intentado ver a través de las ventanas.

Nada.

La casa de Embry no solo estaba vacía. Se sentía vacía. Como si el calor se hubiera ido hacía días. Como si nadie hubiera respirado ahí en mucho tiempo.

Resignada, bajé los escalones lentamente, escuchando cómo crujían bajo mis botas húmedas. El cielo seguía gris, pero no era el gris suave y melancólico de Forks. Era un gris opresivo. El tipo de cielo que presagia tormentas, no solo de agua, sino de cosas que no se pueden nombrar.

Mientras caminaba hacia mi coche, la mezcla de emociones que me quemaba el pecho se volvió insoportable: la preocupación de no saber, la frustración de su silencio, la rabia por sentirme impotente... y algo más. Algo que no podía describir, pero que llevaba días respirándose en el aire.

beastly | emmett cullenDonde viven las historias. Descúbrelo ahora