39. La caída

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Bella aparcó su camioneta entre los árboles, justo al costado de la casa de los Black

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Bella aparcó su camioneta entre los árboles, justo al costado de la casa de los Black. Reconocí de inmediato el lugar. Había venido muchas veces con ella en las últimas semanas, pero esta vez su energía era distinta. Nerviosa. Emocionada.

Mi atención se desvió cuando vi dos manchas de color entre las ramas de una pícea cercana. Las motos. Una roja y otra negra. Estaban cubiertas con ramas y hojas, aunque no lo suficiente como para engañar a alguien que supiera buscarlas. Jacob había hecho un trabajo decente para esconderlas... y aún así, había colocado un pequeño lazo azul en cada manillar.

Mi ceja se arqueó al verlo. Bella soltó una risa ahogada y yo la imité en silencio.

Jacob salió entonces de la casa, con esa expresión de niño que esconde travesuras. Sus ojos brillaban al vernos.

—¿Preparadas? —preguntó en voz baja.

Bella asintió, aunque noté cómo apretaba los labios y los hombros se le tensaban. Yo también asentí, aunque mantuve las manos sobre mi regazo. No planeaba subirme a ninguna moto hoy, ni mañana.

Jacob cargó las motos con facilidad y las recostó en la parte trasera. Después, subimos de nuevo a la camioneta y condujimos en dirección sur, lejos de todo.

El camino era como siempre: bosque, niebla, silencio. Y sin embargo, había algo diferente en Bella. Iba callada, demasiado metida en su mente. Yo la observaba de reojo mientras Jacob hablaba emocionado sobre carburadores, bujías y ajustes de frenos. No entendía la mitad, pero asentí cuando era necesario. No quería romper el ritmo.

Entonces, en uno de los tramos despejados del camino, vi que Bella frenaba con fuerza.

Miré hacia el frente.

En un saliente sobre el acantilado, cuatro figuras estaban de pie. Hombres jóvenes, apenas vestidos pese al clima. Uno de ellos, el más alto, caminó hasta el borde... y saltó.

—¡No! —gritó Bella, abriendo la puerta de golpe.

Me sobresalté. Salí tras ella, confusa. Jacob, en cambio, se rió.

—Están haciendo salto de acantilado —explicó, divertido—. Es un pasatiempo. Ya sabes, aquí no hay centro comercial.

Bella lo miró con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer lo que escuchaba. Yo también miraba hacia el mar. Otro chico se lanzó. Sus cuerpos parecían flotar antes de zambullirse en el océano como si no existiera el miedo.

Bella se giró hacia Jacob.

—¿Tú también saltas?

Jacob asintió, encogiéndose de hombros.

—Desde un punto más bajo. Ellos están locos. Probablemente solo quieren presumir.

Bella observó al siguiente saltador con una mezcla de temor y fascinación.

beastly | emmett cullenDonde viven las historias. Descúbrelo ahora