43. El gran lobo feroz

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El sueño fue tan real que, al despertar, lo primero que hice fue girarme en la cama, buscando el calor que se había desvanecido junto con la noche

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El sueño fue tan real que, al despertar, lo primero que hice fue girarme en la cama, buscando el calor que se había desvanecido junto con la noche.

Estábamos en el bosque, uno distinto al de Forks. El cielo era más claro, el frío más tolerable, y las hojas crujían bajo nuestros pasos con un sonido casi armonioso. Emmett caminaba delante de mí, con esa sonrisa despreocupada que siempre le pertenecía. Se giraba cada tanto para esperarme, alzando una ceja cuando me rezagaba, ofreciéndome su mano sin decir una palabra. Me tomaba el rostro con ambas manos, sus dedos ásperos, cálidos, envolventes. Y luego me abrazaba por detrás, sus brazos alrededor de mi cintura, su mentón sobre mi hombro.

Nos reíamos. No con palabras, sino con miradas. Y entonces, como si supiera que esto no podía durar, me susurraba algo sin abrir la boca. Yo no podía oírlo, claro, pero lo sentía. Lo entendía. Como si nuestras mentes se hablaran por encima del mundo. Como si ese vínculo no se hubiera roto nunca.

"Volveré."

Desperté con los ojos húmedos, pero no lloré. No del todo.

Permanecí un momento en la cama, tratando de retener cada imagen, cada sensación. No quería que se deshicieran como humo en mi memoria. Cerré los ojos otra vez, solo para saborear el eco de su sonrisa.

Cuando finalmente me levanté, la mañana ya había avanzado lo suficiente como para iluminar cada rincón de mi habitación. El cielo estaba nublado —como siempre—, y la humedad en el aire sugería que habría llovizna más tarde. Me puse unos jeans gruesos y una camiseta térmica de manga larga, recogí el cabello en una coleta desordenada y tomé una chaqueta abrigadora del perchero.

Luigi, mi ratón gris de cola rosa, ya estaba despierto, enredado en su rueda. Cuando me acerqué a ponerle agua fresca y un puñado de semillas, se detuvo para olfatear mis dedos, subiéndose a mi mano con total familiaridad. Sonreí, acariciando su lomo suave. Él también me hacía sentir acompañada.

Bajé las escaleras con paso tranquilo. Mi madre estaba en la cocina, hojeando un periódico viejo mientras sorbía su café.

—¿Vas con Bella? —preguntó sin alzar la vista.

Asentí.

"No quiero estar sola hoy", dije con señas.

Ella asintió también, dejando el periódico a un lado.

—Está bien. Solo llévate la chaqueta y cuídate, ¿sí?

Sonreí y le di un beso en la mejilla antes de salir. Afuera, el frío me golpeó de lleno, pero no me importó. Subí al vocho azul y encendí el motor, que respondió con ese ronroneo casi alegre que solo los autos viejos y fieles saben dar.

El camino hasta la casa de Bella era conocido, casi automático. Me gustaba manejar por esas calles vacías, donde la niebla se colaba entre los árboles y la lluvia parecía estar siempre a punto de comenzar. Pero apenas llegué a su cuadra, frené en seco al ver su camioneta dar marcha atrás desde la entrada y salir directamente a la calle, girando en dirección contraria.

beastly | emmett cullenHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora