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Cada golpe contra la puerta era un latido nuevo de pánico.
Uno. Dos. Tres.
El pestillo gimió. La madera crujía. No iba a resistir mucho más.
Apoyé la espalda contra la pared, justo al lado del marco, fuera del campo de visión directo. Me agaché ligeramente, con la llave inglesa en alto, los nudillos blancos por la presión. Mis pulmones se contraían y expandían a destiempo, como si hubieran olvidado cómo respirar. Sentía mi sangre caliente chorrear desde el brazo herido, bajando por mi manga, pegándose a mi piel. Pero no solté el arma. No parpadeé.
El siguiente golpe fue definitivo.
Con un estruendo que me hizo saltar el corazón al cuello, la puerta se desplomó de golpe, cayendo de lado como una hoja seca arrancada por el viento.
El intruso irrumpió en el baño con la respiración agitada, tropezando apenas con los restos de la puerta. Su figura llenó el umbral: alta, vestida de negro, el cuchillo aún en la mano, el rostro oculto por una gorra y una bufanda. No me vio. No aún.
Y no le di la oportunidad.
Con un grito silencioso que solo sonó en mi pecho, me impulsé desde la pared, girando con todo el peso de mi cuerpo y descargando la llave inglesa directo a su nuca.
El impacto fue brutal. Un sonido sordo, como hueso rompiéndose contra hierro. El cuerpo del hombre se tambaleó hacia adelante, el cuchillo voló de su mano y chocó contra la bañera. Se dejó caer de rodillas, como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos.
Yo retrocedí con torpeza, respirando a bocanadas, temblando. Mis manos temblaban, mi brazo sangraba, mis piernas parecían de gelatina. El hombre se tambaleó, murmuró algo entre dientes que no logré entender... y cayó de lado, inconsciente.
El silencio que siguió fue irreal.
Solo podía escuchar el rugido de mi sangre en los oídos, el temblor de mis pulmones buscando aire, y el leve tic-tac del reloj de pared como una ironía cruel: el mundo seguía girando. A pesar de todo.
Me quedé allí, con la espalda apoyada contra el lavabo, la llave aún en las manos, mi cuerpo temblando como si acabara de salir de una tormenta.
El sonido distante de sirenas comenzó a colarse por las ventanas.
Cerré los ojos. Por fin.
Alguien venía.
Y yo aún estaba viva.
Unos minutos después de perder la consciencia, abrí los ojos y levanté la vista, encontrándome con un paramédico joven, de rostro afilado y expresión concentrada. Su voz era suave, pero firme.
—Vamos a revisarte, ¿de acuerdo? Solo respira conmigo.
Todo sucedía de manera extraña. No sé en qué momento me sacaron del baño de mi casa y llegué a sentarme en el escalón más alto del porche, mientras mi madre se mantenía a mi lado como un centinela. ¿En qué momento había llegado?