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Miré hacia donde él dirigía la mirada con el ceño fruncido, y entendí qué le causaba amargura. Claramente odiaba el estéreo de mi coche. No me parecería raro si dijera que también le disgustaba mi coche. Era de esperarse. Él manejaba un Jeep Wrangler del año, y yo un escarabajo.
—Voy a darte un nuevo estéreo —repitió, como había hecho el día anterior.
Me bajé del coche, él se hizo a un lado para darme el paso y cerró la puerta por mí, mientras yo me acomodaba la mochila al hombro.
—No quiero otro estéreo, Emmett.
De hecho, sí lo quería. Tenía dinero ahorrado, pero no iba gastarlo en un nuevo estéreo, tenía otros gastos más importantes. Sólo no quería aceptar un regalo costoso.
—De acuerdo —dijo, encogiéndose de hombros. Mi sorpresa ante su aceptación duró poco—. Entonces un coche nuevo.
Lo miré asustada, sinceramente creyendo su palabra. Lo creía totalmente capaz, él no diría algo como eso jugando. Estaba aprendiendo que Emmett tenía más sinceridad en su dedo meñique que todos mis conocidos en el cuerpo. Tampoco tenía mucho filtro.
—No te atrevas.
—¿Por qué no me dejas darte nada?
—Una cosa es darme chocolates o un ramo de flores —aclaré—, pero ¿una computadora, un estéreo o un coche? Olvídalo. Es demasiado. No quiero que gastes tanto en mí.
Nunca tuve mucho dinero, pero eso no me había preocupado jamás. Mi madre no se forraba de dinero, precisamente, siendo dueña de un restaurante pequeño en un pueblo como Forks.
Mi único ingreso personal procedía de los dos días a la semana que trabajaba en el restaurante, supliendo a las otras camareras en sus días libres, y de las postres que Tyler me encargaba de vez en cuando. Destinaba la mitad de mi salario a mi microscópico fondo para la universidad y la otra mitad al tanque de gasolina de mi coche.
—Sabes que el dinero no me importa.
Sí, lo sabía. Emmett tenía un montón de dinero, ni siquiera quería pensar en la cantidad total. El dinero casi carecía de significado para él y su familia. Según él, solamente era algo que se acumula cuando se tiene tiempo ilimitado y una hermana con la asombrosa habilidad de predecir pautas en el mercado de valores. Por eso no parecía entender por qué le ponía objeciones a que gastara su dinero en mí, es decir, por qué me incomodaba que me regalara un coche que alcanzara velocidades superiores a los ochenta kilómetros por hora.
—Mi respuesta sigue siendo no —sentencié.
Él sonrió.
—Por ahora.
Preferí no preguntarle qué planeaba, bastante segura de que era capaz de convencerme de casi cualquier cosa. ¿Cómo decirle que no al hombre más apuesto del mundo, el que acelera mi corazón con una mirada? Mi negatoria no duraría mucho, ambos lo sabíamos, pero por ahora me mantenía firme.