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La voz del profesor se deslizaba sobre el aula como una niebla espesa, sin forma, sin peso. Las palabras rebotaban en las paredes, en los pupitres, en los cristales empañados por la humedad constante, pero no llegaban a mí. No de verdad. Mis ojos estaban fijos en la hoja frente a mí, la pluma suspendida entre mis dedos, pero mi mente no estaba allí. Estaba en el claro del bosque. En las huellas gigantes marcadas en el barro. En los rugidos que aún vibraban en mis costillas.
Todo había cambiado. Otra vez.
Y esta vez, no era un cambio lejano, ajeno, como cuando los Cullen se marcharon sin explicación. No. Esto era más crudo. Más inmediato.
Los lobos estaban cazando.
Y la policía los estaba cazando a ellos.
Victoria seguía suelta, burlando rastros, dejando el aroma de su cabello ardiente en cada curva del bosque, como una amenaza que se desvanecía justo cuando creías tenerla. Y ellos... Jacob, Embry, Sam, Paul... se lanzaban a su persecución con una furia primitiva que no podía ser contenida en un aula, en una casa, ni siquiera en un cuerpo humano. Y mientras tanto, el mundo afuera, el mundo de los humanos que no sabían nada, tejía sus propias conclusiones. Los periódicos hablaban de lobos gigantes. Ataques a ciervos. Posibles osos. La policía organizaba batidas en la frontera del bosque.
Y Bella... Bella se estaba apagando. Otra vez.
No era como antes. No con la misma ausencia espectral con la que había vivido durante meses después de que Edward se fue. Pero yo la conocía bien. Conocía ese vacío que se te esconde detrás de los párpados, que no se nota a menos que mires muy de cerca. Jacob estaba distante, ocupado. No había espacio para bromas ni paseos en moto. Solo había rondas, rastros, planes. Y Bella empezaba a encogerse de nuevo. Yo la seguía con la mirada en los pasillos, me sentaba cerca cuando podía, le ofrecía silencios amables y palabras breves en señas que ya empezaba a entender sin que tuviera que deletrear. No sabía si era suficiente. Pero no pensaba dejarla sola otra vez. Ya no.
Esa tarde, cuando la última campana sonó, recogí mis cosas con calma y caminé directo al Carver Café. Era jueves. Me tocaba turno de cierre. Y agradecía tenerlo.
El cielo estaba particularmente gris ese día. No el gris suave de todos los días en Forks, sino un gris más profundo, como si el mundo entero estuviera contenido en una sola nube baja y espesa. El aire olía a tierra húmeda y a algo más... metálico. Como electricidad estancada en el ambiente. Victoria. La idea cruzó por mi mente sin permiso. Cerré la puerta del vocho con más fuerza de la necesaria.
Durante las primeras horas del turno, me mantuve ocupada. Limpiando mesas, tomando pedidos, preparando cafés con espuma en forma de corazón cuando me sentía generosa. Algunos clientes eran fijos. Ancianos solitarios, madres jóvenes con niños inquietos, adolescentes que fingían estudiar mientras veían sus teléfonos. Me gustaba observarlos. Fingir que yo también era parte de esa normalidad.