Extras: Trifulca Vampirica

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(Música ambiental)

Una sombra que se desvanece entre la penumbra, las luces de la acera encendiendo con el atardecer, algún que otro papel restante de los festejos por el año nuevo y el 6 de reyes, 1985, el número más repetido entre ellos, las sombras extendiéndose cada vez más, las calles maltratadas y las fachadas a medio pintar el escenario, la multitud que antes había inundado el lugar, a pocos metros de la central de abastos, llevando mercancías de toda clase de aquí para allá, ahora de a poco se replegaban, al igual que los rayos de sol; la actividad en realidad nunca se detiene, solo se oculta, dando paso a algo distinto, como el día deja paso a la noche, unos podrían verlo con calma, otros como la señal de buscar refugio.

Julio, Ramiro, Marta y Alfonso lo miraban como el tiempo de relajarse, en lo alto de un segundo piso tenían la vista completa de lo que abajo ocurría, el aroma que inundaba la estancia fuerte como el solo, una mezcla como del profundo de la hierva y el amargo de la pólvora, las paredes descuidadas, pero el sillón sobre el que podían reposar lo compensaba, un trono plebeyo, sin elegancia, pero cómodo a más no poder, los cabellos marrones amarrados en una coleta, su cazadora de mezclilla de los Diablos Rojos de Toluca, Julio tomaba de una botella de ron barato, su metralleta de mano MP5  inclinada en la pared, los binoculares observando cualquier cosa interesante, de vez en cuando una sonrisa pícara se le escapaba al observar a las mujeres voluptuosas que salían del mercado, un poco más lejos, tirados en el suelo, leyendo el periódico Ramiro y Marta se abrasaban mientras reían de las tiras cómicas de Memin Pinguin, Ramiro con un habano en la boca, camisa vaquera y pantalones de mezclilla, un revolver Smith & Wesson modelo 29 fajado en el pantalón, a su lado la chica portando el vestido corto de vivo azul y los cabellos esponjados y negros, medio recogidos bajo un fedora blanco, una colt M1911 en su funda le colgaba de la cintura, por último estaba Alfonso, que usaba una simple camiseta, vaqueros y una gorra de beisbol, un machete en su funda y un fusil colgado a su costado, el joven comía unos pistaches recostado sobre un montículo de paquetes de hierva sellados sin cuidado, a cada tanto viendo su viejo reloj en la muñeca, cuando ya el cielo se miraba anaranjado Julio se levantó, colocándose una gabardina bajo la que ocultó sus herramientas, miró al resto y dijo:

—Me toca a mi dar el rondín, ya no tarda en venir Alberto— Julio fue el único en darle bola al aviso del compañero, volteandolo a ver con torpeza

—Simón, de hecho creo que ahí viene saliendo de la central, no lo hagas esperar, ve para que la plaza no quede sola, ah y agarra también la escopeta, alcabo eres como una mula, todo te cabe en esa gabardina— Alfonso se limitó a asentir mientras caminaba a paso apresurado.

Apenas unos minutos después, por las escaleras un paso irregular fue audible, como si cada paso fuera un reto que el perpetrador no podía superar del todo, tambaleando con pesadez, el primero en notarlo fue Ramiro, quien se apartó de Marta para ver que ocurría, pensando que tendría que regañar otra vez a Alberto por emborracharse en el rondín.

(Música de atmósfera)

Pero, lo que encontró no fue al Alberto, vestía igual, la misma camiseta vieja, los mismos pantalones deportivos, las mismas cadenas, el mismo pañuelo que cubría su rostro, sin embargo, los ojos no eran para nada los de su compañero, eran más profundos, más oscuros, fríos, con arrugas donde no debería, los brazos más huesudos, la postura menos erecta, Ramiro no lo dudó, con cautela tenía ya la pistola desenfundada, el barril cargado en todas las recamaras, el martillo listo para detonar el disparo, miró al recién llegado con severidad y apuntó:

La cruzada de CrewHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora