Extras: Dilema

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(Música ambiental)

La casa olía a cera de muebles y a perfume caro que no conseguía ocultar del todo el aliento áspero de la noche, en las Lomas, las fachadas dormían en jardines perfectos y los portones parecían cerraduras entre el mundo real y la ficción, la mansión de los Villanueva no era una excepción, pasillos anchos, cuadros bien colgados, un silencio que se fingía eterno, ya era casi medianoche, la primavera hace un tiempo había empezado, el calendario con el 2007 en grande pegado en la pared, el sonido de un par de ventiladores zumbando en la distancia, cuando Carina bajó la escalera, sus pasos eran un rumor contenido, la casa tenía la costumbre de delatar a quien la recorría, pero ella conocía cada tabla, cada crujido, cada punto de apoyo y se sabía fugitiva.

La niña se sintió diminuta en aquella moderada grandiosidad, tenía diez años y en su pecho latía algo que ya no era sólo miedo, era la urgencia de detener algo que estaba naciendo en sus noches, sus manos temblaban, la remera le pegaba a la piel donde la herida ardía todavía, cada pelusa halando el corte, había intentado disfrazar la mancha con el pelo largo, el marrón brillante confundiendo solo de lejos, de cerca la silueta no se escondía, lo había ocultado con sonrisas torpes, con excusas gimoteadas, no funcionó, esa noche el dolor fue más profundo, más directo, estaba en un dilema, pero, ya había decidido que no lo guardaría otra vez, ya no.

Moira Alatorre vio a su hija aparecer en el escalón como si fuera una aparición nocturna, tenía puesta una bata clara, el cabello recogido con descuido, en la cocina, la cafetera había dejado un rastro caliente de vapor, la mujer, que hasta esa hora parecía segura en la lógica doméstica, de padre proveedor, de marido con hábitos, no sospechó nada cuando Carina se apoyó en el barandal.

—Mamá— Dijo Carina, la voz tomada por la urgencia, ya no el cantar cálido de siempre, algo más desesperado —Necesito que me escuches, por favor, mamá— Moira parpadeó, hizo una sonrisa cansada y señaló la mesa donde una taza templada humeaba.

—¿Tan tarde, mi amor? ¿Te mojaste?— Preguntó, creyendo en la explicación más simple —¿No quieres un poco de té con leche caliente? Te vas a resfriar— Carina tragó saliva, había practicado la frase en la cabeza muchas veces, cada versión se volvía más corta, más precisa, ahora la frase debió salir sin edición, pura, solo para que su mamá la escuchara.

—No es eso— Dijo, el tono quebrado —Papá... papá me pegó.

Moira se quedó inmóvil, su primera reacción fue una mezcla automática de incredulidad y protección, tantas historias se enredan en un matrimonio que la idea de creer lo peor sin pruebas quedaba reservada para la calamidad, aún así, la mirada que lanzó a la niña fue rápida, buscando señales de broma, de exageración, buscando ese puchero fingido que en veces las niñas hacían al jugar a las muñecas, no lo encontró:

—¿Qué dices, Carina?— La voz de la madre intentó sostener cierta calma, una racionalidad blanda —No exageres, tu padre te ama, solo ha de haber sido un accidente, a veces los niños se caen...— Carina negó con la cabeza, y al hacerlo la luz se clavó en la mejilla inflamada, en la cortada que cruzaba la línea del pómulo, en la marca tirante del cabello pegado a la piel.

—No me caí mamá— Repitió, más firme —Me golpeó, me... me empujó contra la pared y me dio con la mano y... y a Marina y a Carolina también, se llevan a Marina y a Carolina a la calle, por las noches y vuelven así— La chiquilla hizo un gesto con la mano, imitando el hueco en los ojos, un gesto torpe, burdo, pero, que la madre supo ver —Por favor, mamá, por favor, deténlo.

La cruzada de CrewHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora