Los días pasaban con rapidez. Jimin sentía cada vez más que era cierto eso de que, cuando menos deseas que algo ocurra, más rápido se acerca. Y nadie lo sabía, pero él se dormía todas las noches rezando para que su Jungkook se mantuviera a salvo. Que al ir al trabajo no le pasara nada, que ese hombre —ese monstruo escondido tras una sonrisa amable— jamás los descubriera.
Cada noche, al cerrar los ojos, Jimin le suplicaba al universo que Jungkook llegara a casa ileso. Que ese maldito hombre no descubriera lo único que aún le daba esperanza: su amor por él.
Muchos días sobrepensó la idea de pedirle a Jungkook que escaparan, que se fueran lejos de todos, que se olvidaran de todo. ¿Y si no había peligro de que escaparan? Jungkook no tenía idea de nada. No sabía sobre las amenazas que le habían hecho, no sabía que el malo de esta historia era el mismo que alguna vez lo había salvado. Y, ciertamente, Jimin no sabía cuál noticia le afectaría menos.
Estaba cansado también. Cansado de ser siempre la víctima, de escapar de sus problemas. Aunque los últimos días había estado distante con el más alto, sabía —o quería creer— que todo valdría la pena en el futuro.
O eso esperaba.
Solo faltaba un día para el gran momento. Ya había entrenado lo suficiente con Suga, en la seguridad de su casa.
Aprendió a disparar, lo básico en estrategias y defensa personal. Y, sobre todo, aprendió a respirar para mantener la calma. Aquello último fue lo que más le costó. Para su sorpresa, Suga lo hacía pasar la mayor parte del entrenamiento sentado en medio de una sala de disparos que tenía en el subterráneo, sin protección auditiva ni visual.
Con sensores pegados al pecho, su misión no era esquivar balas ni disparar con precisión: era dominar al monstruo interno que gritaba en su pecho cada vez que las balas estallaban a su alrededor.
Durante esos ejercicios, Suga le enseñó técnicas de respiración profunda, con las que aprendió a controlar su pulso. Inhalar lento por la nariz, contar hasta cuatro, exhalar por la boca, repetir... hasta que su corazón, poco a poco, entendiera que no debía correr más rápido que él. Aprendió que la mente también puede entrenarse, y que a veces, lo más valiente no es atacar... sino no temblar.
Jungkook frunció el ceño, sin avanzar del umbral.
—¿Ropa? —repitió con tono suave, pero desconfiado—. ¿Y por qué estás tan nervioso?
Jimin se obligó a soltar una risa leve, forzada.
—No estoy nervioso. Solo me sorprendiste... pensé que llegarías más tarde.
Jungkook lo observó en silencio. Sus ojos bajaron brevemente a la caja detrás de Jimin. Luego lo miró de nuevo, esta vez con más atención. Estaba leyendo algo en su rostro, en su postura, en la forma en que apretaba los labios.
—¿Qué hay en esa caja?
El corazón de Jimin dio un vuelco. Tragó saliva.
—Solo cosas viejas. Quiero hacer espacio, sacar lo que ya no uso...
—¿Puedo verla?
—No —dijo demasiado rápido, demasiado fuerte.
El silencio se volvió denso como niebla.
Jungkook dio un paso dentro de la habitación.
—¿Jimin...? —su voz era baja, más seria—. ¿Qué está pasando?
Jimin bajó la mirada. Sabía que no podía sostenerle la mentira por mucho tiempo. Pero tampoco podía decirle la verdad. No todavía.
—No pasa nada, Jungkook. En serio. Solo... estoy cansado. Un poco estresado.
ESTÁS LEYENDO
A L O N E ~ Kookmin
Fiksi Penggemar¿Estar solo es igual a sentirse solo? ¿Por que Jimin se sentía solo la mayor parte del tiempo? Vivía con su madre pero eso parecía no importarle a ella. ¿Realmente su madre lo quería? Parecía que Jimin no le importaba a nadie. Menos a ese Pelinegro...
