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Los rayos de sol interrumpieron mi sueño. Froté los ojos lentamente para despertar mejor y fue ahí cuando sentí el brazo de Paulo rodeando mi cintura. Sonreí sin poder evitarlo, acomodándome aún más contra su cuerpo.

Había sido una noche larga. Muy larga. Estaba cansada, con ese cansancio rico que se siente en todo el cuerpo, como un recuerdo que todavía no se va. Paulo dormía profundamente detrás de mí, respirando tranquilo, con el cabello un poco desordenado y la cara relajada, tan tierno, completamente distinto al Paulo de la noche anterior.

Me quedé mirándolo unos segundos, repasando mentalmente todo lo que había pasado. No era solo el cansancio físico lo que sentía, era algo más. Una mezcla de calma, complicidad y una sensación extraña en el pecho que no supe identificar del todo.

Me moví despacio para no despertarlo, pero fue inútil. Apenas me giré, Paulo apretó un poco más su brazo alrededor de mí y apoyó el rostro en mi cuello.

—Buen día... —murmuró con voz ronca, todavía dormido.

—Buen día —respondí en voz baja, sonriendo.

Abrió apenas los ojos y me miró como si necesitara un segundo para ubicarse. Después sonrió, esa sonrisa tranquila, sincera.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

—Sí —dije—. Muy bien.

Me acomodé boca arriba y él apoyó la cabeza sobre mi pecho. Pero eso no hizo más que calentarme, aún tenía muchas ganas de hacerlo con Paulo, muchísimas para ser exactos. Baje las sábanas para dejar en descubierto mis senos.

Paulo me miró sonriendo y empezó a lamer mis pezones. A este punto yo ya estaba muy mojada

— Mañanero mi amor? — dijo mientras masajeaba mi intimidad donde justo debía hacerlo.

— Porfavor — supliqué.

Luego de nuestro mañanero volvimos a acostarnos en la cama, la cual estaba hecha un desastre. El sol entraba por las cortinas livianas, iluminando la habitación de una forma suave, sin apuro. No había ruido, no había prisas, no había nadie más.

—Me gusta verte así —dijo de repente, jugando con mis dedos—. Tranquila.

—A mí me gusta estar así —respondí—. Acá.

Nos quedamos en silencio unos segundos, disfrutando del momento.

—Después hacemos algo —dijo finalmente—. Desayunamos, salimos un rato... lo que tengas ganas.

Asentí, pasando los dedos por su cabello.

—Me parece perfecto.

Y por primera vez en mucho tiempo, no pensé en el después. Solo en ese instante. En ese día que recién empezaba.

Nos quedamos un rato más acostados, sin hablar, hasta que Paulo fue el primero en romper el silencio.

—Che... —dijo, mirando el techo— ¿puedo preguntarte algo?

Giré un poco la cabeza para mirarlo.

—Sí, obvio.

—¿Cómo es tu relación con tu papá ahora? —preguntó, con cuidado—. Lo vi muy encima tuyo estos días.

La pregunta me tomó por sorpresa, pero no me incomodó. Al contrario, sentí que era una pregunta honesta.

—Es... rara —admití—. Antes éramos solo nosotros dos. Ahora tiene otra familia, otros hijos... y yo quedé como en el medio.

Paulo se giró hacia mí, apoyando el codo en la cama.

—¿Te llevás bien con ellos?

—Sí —respondí—. No es eso. Mi madrastra es buena conmigo y mis hermanos también. Pero no es lo mismo, ¿entendés? A veces siento que tengo que encajar en algo que ya estaba armado cuando yo llegué.

Tarado - Enzo FernandezHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora