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El día después del incidente pasó sin penas ni glorias, como si el cuerpo y la cabeza se hubieran puesto de acuerdo para bajar el volumen de todo.

Solo nos quedamos un rato tomando sol, sin apuro. Era muy agradecida de que mis amigas entendieran que se me dificultaba salir a un lado como si nada por la multitud que se podría formar.

Entrábamos a la pileta, volvíamos a salir, hablábamos de pavadas, nos reíamos de detalles de la noche anterior. Nadie mencionó nombres propios. Nadie preguntó de más. Y eso, de alguna forma, se agradecía.

Yo escuchaba, me reía cuando correspondía, pero por dentro estaba en otro ritmo. No pensaba en escenas concretas, sino en sensaciones. En miradas. En silencios. En cosas que no habían pasado del todo... y sin embargo pesaban y sensaciones nuevas que no sabía cómo describir ni ponerle un nombre.

A la noche cenamos juntas. Algo simple, pero rico. Pasta, ensalada, pan calentito. La charla fue liviana hasta que Catalina largó la idea, casi como quien no quiere la cosa.

—Che... ¿y si después de la cena de Año Nuevo salimos? —dijo—. Me invitaron a un boliche nuevo, súper mega VIP. De esos donde va todo el mundo conocido.

Las demás reaccionaron enseguida. Gritos, risas, preguntas.

—¿Posta?
—¿Con mesa?
—¿Quién va?

Yo asentí, sonreí, pero esa sensación volvió. Un cosquilleo incómodo en el pecho, como una alerta suave pero insistente. No dije nada. No tenía un motivo concreto para decir que no, no era culpa de mis amigas que yo no supiera como comportarme.

El 31 llegó rápido.

La casa estaba llena de movimiento: música, platos que iban y venían, el olor del asado hecho en la terraza por Catalina y Sofía, mezclado con ensaladas frescas, vitel toné, pan recién cortado. Todo muy argentino. Muy familiar. Muy Año Nuevo.

Cenamos despacio, brindamos varias veces antes de tiempo. Con mis amigas hicimos el conteo abriendo una copa de champán y luego de ser las doce salí a agarrar el celular.

Primero llamé a mi papá. Fue una charla simple, sincera, típico saludo familiar, pensé en llamar a mi madre pero no quería arruinar mi noche. Después, sin pensarlo mucho, marqué el número de Paulo.

—Feliz Año Nuevo —le dije apenas atendió.

—Feliz Año, princesa —respondió—. ¿Estás bien?

—Sí... tranquila. Con las chicas.

Hubo una pausa breve, cómoda.

—Te extraño —dijo, sin vueltas.

Eso me apretó el pecho.

—Yo también.

—El dos de enero voy a Buenos Aires —agregó—. Quiero verte.

Me quedé en silencio unos segundos. Sonreí, claro que sonreí. Pero al mismo tiempo, algo se tensó por dentro. No por él. Por mí.

—Me encantaría —respondí al final.

Seguimos hablando un rato más, sobre su cena familiar y como se encontraba con absolutamente todos los miembros de su familia. Luego de cortar me quedé mirando la pantalla apagada. Pensé en Paulo. En lo bien que me hacía sentir. En lo claro que era todo con él. Y aun así, el nudo no se desarmó.

Después de todas saludar a nuestras respectivas familia seguimos con los abrazos, risas, fotos. Después nos arreglamos para salir.

Me había puesto un vestido morado, largo, muy elegante, pero opté por cambiarme a una ropa más cómoda para ir al boliche. Por lo que en el momento de estar listas salimos en el auto con un chofer que nos llevaría al boliche.

Tarado - Enzo FernandezHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora