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Me desperté tarde. Mucho más tarde de lo habitual.

La luz entraba sin pedir permiso por las cortinas mal corridas y me dio directo en la cara. Hice una mueca y me tapé la cabeza con la almohada, como si eso fuera a borrar el dolor que me latía en las sienes. Sentía la boca seca, el cuerpo pesado y esa mezcla rara entre cansancio físico y algo más difícil de explicar.

Resaca, sí.
Pero no solo de alcohol.

Me quedé quieta unos segundos, intentando ordenar recuerdos sueltos de la noche anterior: risas, música fuerte, luces, miradas que se sostenían más de la cuenta. Recuerdos desordenados que no terminaban de encajar.

—¿Lara? —escuché desde el otro lado de la habitación.

Giré la cabeza apenas y vi a Catalina sentada en la cama de al lado, despeinada, con lentes de sol puestos... adentro.

—No me hables tan fuerte —murmuré, con voz ronca.

—Son las dos de la tarde —respondió, divertida—. Y sobrevivimos. Eso ya es un logro.

Solté una risa corta que me dolió más de lo que esperaba. Me incorporé despacio y agarré el vaso de agua que alguien había dejado en la mesa de luz. Lo tomé de un solo trago.

—Anoche fue... intensa —dije, apoyando la espalda contra el respaldo.

—¿Intensa? —intervino otra de mis amigas desde el sillón—. Lara, casi te perdemos en el VIP.

—Exagerada —respondí, aunque sonreí sin poder evitarlo.

Empezaron a hablar todas juntas, recordando momentos distintos: quién se cayó bailando, quién lloró por una canción, quién juró amor eterno en el baño. Me reí con ellas, de verdad. Era cómodo. Familiar. Pero cada tanto, entre risa y risa, algo se me escapaba.

Un silencio breve. Una imagen que volvía sin aviso. Claro que no conté todo, no era pelotuda, sabía que lo hice anoche con Licha era absolutamente secreto.

Agarré el celular casi por reflejo. Tenía un mensaje nuevo.

Paulo💙
"Buen día, hermosa. Espero que hayas dormido bien. Cuando puedas, hablamos 🤍

Un mensaje muy tranquilo pero que me afectó, que mal que me he portado con Paulo estos días y el tan lindo que es conmigo, sin duda no lo merezco

Sonreí apenas y respondí con algo igual de sencillo, sin pensar demasiado.

You.
Buen día
Recién despierto
En un rato hablamos💗

Bloqueé el celular y lo dejé boca abajo sobre la cama.

—¿Todo bien? —preguntó Catalina, mirándome de reojo.

—Sí —respondí rápido—. Todo bien.

Pero no era del todo cierto.

Volví a agarrar el teléfono. Deslicé el dedo por la pantalla, revisando notificaciones que no estaban. Buscando algo que no aparecía.

Nada.

Enzo no había escrito.
No había reaccionado.
No había nada.

Y eso... eso fue lo que más frustración me dio, ¿Que le había pasado?. El Enzo que conozco ya estaría boludeándome

Me quedé mirando la pantalla apagada, sintiendo ese nudo raro en el pecho, esa incomodidad que no sabía bien de dónde venía.

¿Por qué me importaba?
¿Desde cuándo me importaba?
¿Y qué estaba haciendo realmente con todo esto?

No encontré respuestas. Solo preguntas que se acumulaban una sobre otra.

Apagué el celular y me dejé caer de nuevo sobre la cama, mirando el techo, escuchando a mis amigas hablar de planes, de comida, de volver a la pileta más tarde.

Yo seguía ahí, presente... pero con la cabeza en otro lado.

El celular volvió a vibrar cuando mis amigas se cansaron de conversar y salieron de la habitación, querían ir a comprar ropa para año nuevo, pero yo no quise... tenía un resaca horrible.

Estaba quedando dormida nuevamente pero tuve que reaccionar para encontrar mi celular

No fue un mensaje esta vez, fue una llamada.

Paulo.

Me incorporé un poco en la cama antes de atender, como si eso ayudara a ordenar lo que tenía en la cabeza.

—¿Hola? —dije en voz baja.

—Hola... —respondió él—. ¿Te desperté?

—No, tranquilo. Estaba despierta.

Hubo un segundo de silencio incomodo, o tal vez solo yo estaba incómoda

—¿Podemos hablar un rato? —preguntó—. Nada malo.

—Sí, obvio —respondí enseguida asustándome por lo que tenía que decirme. Licha había contado lo que pasó anoche?

Apoyé la espalda en el respaldo de la cama y miré el techo. La voz de Paulo era calma, medida, como siempre.

—Quería saber cómo estabas —dijo—. Ayer no hablamos mucho y... no sé, me quedé pensando.

—Estoy bien —respondí—. Cansada, pero bien.

No mentía.
Pero tampoco decía todo.

Mientras él hablaba de cosas simples —del día, de cómo había vuelto a ver a su sobrino y de lo mucho que me extraña—, algo empezó a apretarme el pecho.

La culpa.

No por Lisandro en sí.
Sino por la escena.
Por lo que había pasado.
Por no haber pensado demasiado antes de actuar.

Y también... por Enzo.

Por esa sensación rara, incómoda, innecesaria.
Por haberme importado más de lo que quería admitir.

Paulo seguía hablando y yo asentía, respondía, sonreía incluso, aunque él no pudiera verme.

—La pasé muy bien con vos en Córdoba —dijo de pronto—. En serio.

Tragué saliva.

—Yo también —respondí, sin dudar—. Mucho.

Y era verdad.

Nada de lo otro se comparaba con eso.
Con lo lindo.
Con lo tranquilo.
Con lo que se sentía real cuando estaba con él.

—No te quiero apurar con nada —continuó—. Pero me importa que estemos bien. Que seamos claros.

Ese fue el golpe.

No duro.
No violento.
Pero directo.

—Lo estamos — mentía —. De verdad.

Cerré los ojos unos segundos.

La culpa no venía porque estuviera haciendo algo "mal".
Venía porque sabía que estaba jugando con emociones que no eran livianas.

Ni las mías.
Ni las de él.

—Gracias por decírmelo —dije al final—. Me hace bien escucharte.

Paulo sonrió del otro lado, lo supe por el tono.

—Descansá —dijo—. Hablamos después.

—Dale. Buenas noches.

—Buenas noches, Lara.

Corté.

Me quedé mirando el celular unos segundos más, antes de dejarlo sobre la mesa de luz.

Me sentía culpable.
Confundida.
Y aun así... tranquila.

Nada se comparaba a lo que sentía por Paulo.

Y sin embargo, algo no terminaba de acomodarse.

Apagué el celular y esta vez no se me hizo fácil volver a dormirme, algo en mi me decía que venir a Buenos Aires no había sido del todo buena idea.

Tarado - Enzo FernandezHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora