Los días que siguieron después de esa conversación en el jardín fueron, por primera vez en mucho tiempo, simples.
No simples como sinónimo de vacíos, ni de rutina aburrida, sino simples de verdad. Como si de verdad no estuviera calculando cada palabra, ni revisando dos veces lo que digo por miedo a herir o despertar algo que después no sabés cómo frenar. Simples porque no había nada escondido debajo de la mesa.
Con Paulo todo empezó a fluir distinto, no hubo más silencios largos en el desayuno, ni miradas que se esquivaban cuando el tema rozaba lo sensible. Ya no sentía esa tensión constante, ese estado de alerta como si en cualquier momento algo pudiera romperse. Él estaba ahí, presente de una manera que antes no había estado del todo. No hacía preguntas disfrazadas de comentarios, no tiraba frases al pasar esperando que yo reaccionara. Hablábamos. De verdad.
Nos despertábamos juntos, a veces temprano, a veces sin apuro. Él preparaba café mientras yo caminaba descalza por la casa, todavía medio dormida. Desayunábamos sin pantallas, hablando de cosas chicas: de Roma, de los entrenamientos, de una campaña que yo tenía en agenda, de qué íbamos a hacer el fin de semana. Cosas normales. Cosas sanas.
Y ahí, sin dramatismo, entendí algo que me había costado aceptar durante meses.
Enzo había sido parte de mi historia, sí. Una parte intensa, desordenada, confusa, que sacudió toda mi vida y me dejó realmente marcada.
Pero era ya era pasado..
No se borra de un día para el otro, eso lo sabía. Las cosas importantes no desaparecen, se acomodan. Cambian de lugar. Y yo ya no estaba viviendo ahí. Paulo era mi presente, y si todo seguía así, también podía ser mi futuro.
Lo más fuerte de todo fue darme cuenta de que, por primera vez, no me sentía culpable por pensar en Enzo, aún que no pensé en Enzo en esos días. Ni caminando por Roma, ni eligiendo ropa para una cena, ni escuchando a Paulo hablar de tácticas o partidos. No porque me obligara a no hacerlo, sino porque simplemente no aparecía. Como cuando dejás de tocar una herida para ver si todavía duele... y un día te das cuenta de que ya no lo hacés más.
El día del partido llegó más rápido de lo que esperaba.
Esa mañana me desperté temprano. Tenía una sesión fotográfica con Cartier, de esas importantes, grandes, de las que te piden concentración absoluta. Era lencería, joyería pesada, elegante, luces cuidadas al milímetro. Todo muy estético, muy medido.
Desde el primer momento me sentí cómoda, con una seguridad tremenda y totalmente bajo control.
Mientras me maquillaban y ajustaban las piezas, pensé en lo mucho que había cambiado mi cabeza en tan poco tiempo. Antes, una sesión así me habría puesto nerviosa, inquieta, pendiente del celular, distraída. Ese día no. Disfruté cada foto, cada cambio de look, cada pausa. Estaba ahí, presente en mi propio cuerpo.
Cuando terminó, miré algunas tomas en la cámara y supe que iba a ser una de mis sesiones favoritas. No solo por el resultado, sino por cómo me había sentido haciéndola.
Subí una historia a Instagram.
Una foto cuidada, elegante, sin exceso.
Pero algo vino a mi cabeza en ese entonces, no fue impulsivo, fue netamente pensado.
Y ahí tomé una decisión que venía postergando.
Si Enzo ya no era nada en mi vida, si realmente había quedado atrás... ¿por qué seguía bloqueado?
No como castigo ni como defensa.
Solo como un resto de algo que ya no existía.
Lo desbloqueé.
Sin drama. Sin expectativa. Sin segundas intenciones. Como una confirmación silenciosa de que ya no me importaba en absoluto.
Guardé el celular y me cambié rápido. Había quedado con Paulo en vernos después del partido, en los camarines. Él me había pedido que fuera tranquila, que no me preocupara por nada. Que me esperaba.
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Tarado - Enzo Fernandez
FanficLara no puede dejar de pensar en el tarado "-¡Eres un tarado Enzo!- - Soy un tarado pero déjame mostrarte lo que puedo hacer -"
